Visitamos una cárcel hospital en San Salvador

LOGO-cliente-dromomanos-Vice   Por  Levy juega con una flor de papel. Levy juega con una flor de papel. La toma entre las manos con cariño. La mueve de un lado a otro. La huele como si fuera natural. Habla de mujeres. Menciona a Lady Di. Lo mucho que le gusta y que algún día se casará con ella. Tal vez cuando salga de la cárcel, aunque no sabe qué día será eso… Su prisión es también un hospital en el que viven 113 enfermos mentales en hacinamiento, sin un tratamiento adecuado y que son atendidos por un solo psiquiatra. La mayor parte de ellos está allí por asesinato, aunque pocos lo aceptan. Los medicamentos que Levy toma diariamente le hacen efecto. Habla lento, en voz baja. Pero no para de hablar.  Muy diferente a la última vez hace dos meses cuando dejó de tomarlos y rompió el televisor de la sala común por un enfado con uno de sus compañeros. A lo largo de la próxima hora se dedicará a hacer bolsas de papel que después se venderán en centros comerciales y mientras tanto, seguirá hablando de Lady Di. Sin darse cuenta, empieza a hablar de su hermano. Dice que sueña que un día regrese de Estados Unidos y vaya a visitarlo a prisión. “Le pediré perdón por lo que hice. Me voy a arrodillar ante él”, afirma con voz de arrepentimiento aunque sus ojos no expresan nada. Confiesa que un día perdió la razón y lo apuñaló aunque “gracias a Dios sobrevivió”. Levy, sin embargo, cumple una condena por homicidio culposo desde hace 12 años. Reclusos formados para comer. El Hospital Psiquiátrico de Soyapango, en San Salvador, es una mezcla de culpabilidad y negación.  Los 87 reos en la celda de hombres viven entre la realidad de su crimen y sus constantes alucinaciones. Los días no cambian entre el gris de las paredes, las barras de metal y la comida de siempre: algo de carne y arroz con frijoles. A la mayoría de los internos les tiemblan las manos por los medicamentos. “Es uno de los efectos secundarios”, dice la directora del hospital Rosmary Dinarte, quien asegura que ésta es la mayor cantidad de reclusos que ha tenido el centro desde su fundación, en 1975. En casos de recaídas extremas, son amarrados a sus camas, ya que no existen cuartos de aislamiento. La celda de mujeres. En otra de las alas de la cárcel-hospital habitan 15 reclusas que visten de rosa. Algunas pasan todo el día peinándose y maquillándose en espera de una visita que no vendrá. Otras matan el tiempo con la televisión. “Son muy telenoveleras y a la vez muy tranquilas, casi no se pelean”, dice Judith, su supervisora. Gran parte de los presos fueron condenados desde los tiempos de la guerra, mientras que otros desarrollaron sus trastornos en otras cárceles salvadoreñas. Milton Stanley Juárez, por ejemplo, sólo habla del conflicto armado, los Escuadrones de la Muerte y el Frente Martí de Liberación Nacional (FMLN). Es capaz de condensar la historia de los últimos 30 años en El Salvador con total exactitud pero se niega a contar su historia. Sólo sostiene que es una “mente superior” y que no lo dejan salir de la prisión porque liberaría a todos sus compañeros por ser abogado. Manuel podría ser el más calmado de todos. Podría tener esta misma conversación en un café o en su oficina. Pero lo hace desde la cárcel. Sabe que está allí porque perdió el control un día que lo detuvieron y le pegó al oficial con un leño casi hasta matarlo. Se define así mismo como bipolar. “Fue un error, ahora tengo que cerrar los ojos para pensar que no estoy aquí”, dice mientras pone el pegamento en una de la bolsa de papel que está haciendo. Si pudiera usar sus gafas, señala, terminaría más rápido. La mayor parte de los presos no tiene idea de si algún día volverá a ser libre aunque algunos, como Elmer, tienen la esperanza latente. Hace cuatro meses que está recluido por “amenazas” a su madre. Supuestamente ella retirará los cargos y saldrá en menos de dos meses. Según los expertos, muchos pacientes se niegan a admitir su crimen e inventan otra realidad. Las “amenazas” es la forma en que muchos se refieren al homicidio. El Hospital Psiquiátrico de Soyapango se convierte en una especie de cueva del olvido. La mayor parte de los condenados han cometido crímenes de alta gravedad y sus familiares más cercanos decidieron irlos sepultando poco a poco. Cuando alguna visita llega, los internos se emocionan, gritan, sonríen. Esperan que ese día se repita pronto.

The following two tabs change content below.
0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *