A Colombia a toda vela

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Por Pablo Ferri 

De noche, las manta rayas chapotean en las aguas de Chichimé. El ajetreo se escucha en toda la laguna, en la pequeña vecindad de veleros que se instala junto a la playa al atardecer. Chichimé es el nombre que dan los indígenas Kuna Yala a dos de las 340 islas del archipiélago de San Blas, en la costa caribeña de Panamá. Los Kuna Yala gestionan las plantaciones de cocoteros de estas minúsculas porciones de tierra y ven pasar los veleros que van camino de Colombia. Chichimé se convierte así en la puerta de altamar, la primera parada de una aventura en velero que acaba cuatro días más tarde en Cartagena.

Portobelo es el puerto de salida, un pequeño pueblo cerca de Colón, la capital atlántica de Panamá. Decenas de veleros y catamaranes cubren la ruta Panamá Colombia desde hace unos años. No existe una carretera que una ambos países, la selva del Darién impide de momento cualquier posibilidad de conexión -además de los paramilitares, la guerrilla, el narco, miles de insectos…- y los viajeros tienen dos opciones, el barco o el avión. Los panameños y colombianos suelen preferir el avión o viajar en lancha cerca de la costa. Los demás -mochileros, ruteros, despistados…- acaban en el velero. Los precios son variados. Hay paquetes desde 300 euros hasta 500. Normalmente incluyen todo, tres comidas al día, aletas y gafas de bucear, pesca diaria y trámites migratorios.

El capitán del velero cita a sus pasajeros en una taberna de Portobelo, justo enfrente del fuerte de San Lorenzo, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1980. Contactar con un capitán es relativamente sencillo, solo hay que preguntar en los hoteles y hostales del casco viejo de Ciudad de Panamá o del barrio de Getsemaní en Cartagena. Todo depende de dónde se quiera empezar la travesía. En la red, además, hay varias embarcaciones que ya lanzaron su página web. Esta es un ejemplo,http://www.saildacapo.com/.

En Portobelo, unos críos gambetean descalzos junto al fuerte ajenos a las explicaciones del capitán. El juego avanza hasta que la noche se los sacude. Al fondo aun se intuye el puerto natural, antiguo enclave de piratas y bucaneros. Los lugareños aseguran que Francis Drake murió allí hace siglos y que el mismísimo Henry Morgan saqueó la ciudad años después. De hecho, la taberna frente al fuerte homenajea en su rótulo al pirata.

Islotes como mendrugos de pan

El velero navega toda la noche hasta San Blas. De madrugada, el viento arrecia y la pequeña embarcación alcanza hasta diez nudos de velocidad. Todos los pasajeros duermen o lo intentan hasta que la mañana entrega una colección de paisajes distinta. Aparecen las primeras islas en el horizonte, pequeños mendrugos de pan salpicados de palmeras con las montañas del Darién saludando desde el istmo.

Las islas más grandes están llenas de palafitos y pequeños embarcaderos atestados de cayucos. Los Kuna pasan media vida en sus barcas buscando sustento. Bien temprano, salen a la mar con sus redes, ganchos y arpones para atrapar pescados y langostas. En este último caso tendrán que sumergirse más metros de los que cualquier mortal podría alcanzar sin ayuda de una bombona de oxígeno.

Una de las islas grandes sirve como aduana de salida de Panamá. Solucionado el tema de los papeles, el velero sigue su marcha hasta Chichimé. En el camino quedan islas y más islas. El capitán impide los baños durante la travesía por los tiburones, que normalmente evitan acercarse a la costa. Los lugareños no recuerdan un ataque de escualos cerca de tierra últimamente. En alta mar ya es otra cosa.

Chichimé es un lugar justo, intercambia matices por minutos de atención. Cuando el agua se calma en la laguna, el fondo luce moteado de enormes estrellas de mar de tono escarlata. Parece el negativo de un cielo nocturno, las algas son nubes y los bancos de sardinas, polvo estelar. A la tarde, los kuna trasiegan entre los veleros con cubos llenos de las langostas que han pescado; se visitan de una a otra isla y piden a los capitanes de los barcos que les permitan recargar sus celulares un rato.

Dos pequeños bares, apenas un techo de palma y un par de neveras con hielo, reúnen a todos en tierra al anochecer. Uno está en la isla pequeña, del costado oeste. Cada tarde, la familia que vive allí despide al dada –al sol- con cierta indiferencia, como si fuera el vecino de abajo que a cada rato sube a por algo distinto. Algunas noches, los kuna le cantan al agua, “di dani, di dani”… (el agua viene, el agua viene). Y de hecho, la lluvia pronto empieza a caer. Resulta extraño. Es una isla absurdamente pequeña donde viven dos o tres familias kuna que se encargan de vigilar una plantación de cocos. Dos o tres occidentales se sientan en el “patio” de su casa y toman una cerveza a medio metro del océano bajo un aguacero de campeonato. Es absurdo, pero extrañamente agradable.

Atunes y tiburones

Tras dos días en Chichimé, el velero tira millas rumbo a Cartagena. Son otro par de jornadas de navegación, pero nada que ver con las anteriores. A las pocas horas de dejar San Blas solo hay mar alrededor. Los carretes de pesca están a punto, solo falta que algún atún pique para la cena. El capitán, un bretón cuarentón, pincha siempre que puede canciones de Serge Gainsbourg en el estéreo del barco. Parece que así los atunes se acercan más. El primer día saca uno y el segundo, crecido, pesca un escualo, ¡un tiburón tigre de un metro! “Connard!”, le dice mientras evita sus dentelladas, “connard!”. Al rato, mientras limpia la sangre de cubierta, lamenta su mala suerte. Él quería un atún porque la carne de tiburón no le gusta, dice que es muy seca.

Son dos días de estar tirado en cubierta, de comprobar la propia pequeñez y darle vueltas a aquello que escribió Claude Lévi-Strauss, “el mundo comenzó sin el hombre y acabará sin él”. En eso aparecen unos cuantos delfines a proa o se desata una pequeña tormenta que obliga a los pasajeros a actuar de marineros: cabo aquí, cabo allá, arría esa vela y ojo con la botavara que ya sabes que hay dientes de sobra esperando en el agua.

Navegar es extraño. Los segundos son más largos que horas enteras. El capitán no duerme. Cocina pan de madrugada y rellena crucigramas a la hora de la siesta. Su relación con el viento es una bella historia de amor rebosante de razón. Si no viene, no hay nada que hacer; si viene, muere por complacerle moviendo las velas. Mientras tanto sigue a los crucigramas. Cartagena se intuye al fondo por el resplandor que rompe el horizonte. El sedal vuelve a tirar. Un atún.

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Pablo Ferri

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