¿Quién dijo miedo?

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José Luis Pardo Veiras

*Foto: Vista de la zona norte Río de Janeiro desde el morro de Adeus, en el complexo de Alemão.

Mis personas cercanas suelen pensar una de estas dos cosas: que vivo de lujo porque paso gran parte del tiempo viajando o que me pueden matar en cualquier momento porque casi siempre viajo a lugares a los que nadie va de vacaciones. Luego está mi hermana, que dependiendo del día piensa una cosa, la otra, o las dos a la vez. Las personas que no me conocen, cuando se enteran de que investigo temas de violencia, lo primero que preguntan es si no tengo miedo y después suelen admirar mi supuesta valentía. Río de Janeiro quizá sea la mejor ciudad para entender que nada de lo anterior es cierto.

Es difícil pensar que no me doy la gran vida cuando Ale sube a alguna red social (yo soy un ermitaño digital) una foto de las vistas de la casa de Gustavo, el amigo que nos hospeda en el barrio de Santa Teresa, o de un atardecer en Arpoador. La imagen denota tanto placer que no puedo criticar a esos que me dicen: ¡Cómo vives! Pero lo que no se ve es que probablemente esa foto se sacó después de que, por ejemplo, la noche anterior estuviéramos a las cinco de la mañana en el Complexo de Maré buscando un contacto mientras se celebraba la fiesta de cumpleaños del hijo de uno de los líderes del tráfico de esa favela.

No es una queja, porque para mí viajar son las dos cosas. Río es una ciudad con una geografía del miedo muy marcada. En muchos casos, la pobreza y la violencia está ante nuestros ojos, no alejada en una periferia a kilómetros de lo que los cariocas llaman para inglés ver, esa belleza radiante que oculta la miseria. Hay muchos ejemplos, pero el que más se nombra es el de Rocinha, la mayor favela de Brasil, enclavada entre Gavia y Leblon, dos de las zonas más exclusivas de la ciudad. Si yo no cruzara estas fronteras impuestas por el miedo sentiría un vacío en mi viaje, porque Río es lo uno y lo otro, y tanto la favela como el asfalto habla de quiénes somos.

Esto no quiere decir que sea valiente. Soy consciente de que lo que hago conlleva un cierto riesgo, pero a los que me preguntan si tengo miedo les respondo, porque así lo siento, que me preocupa más la seguridad de mis fuentes y de los periodistas locales que me ayudan (y en mi caso, que trabajo con mi mujer, también la de Ale). Al fin y al cabo, yo entro y salgo: los que permanecen son los que se suelen convertir en víctimas. Lo que soy es curioso. Si mis miedos (que existen) me paralizaran, creo que me perdería demasiadas cosas y más que viajar para entender realidades desconocidas haría un turismo de postal.

Estas explicaciones, que son las que doy en persona, suelen estar destinadas al fracaso porque medimos nuestras percepciones según nuestras experiencias. Después de varios años viajando y cubriendo la violencia, respeto el miedo de los demás, pero a mí lo que me interesa es saber qué hay detrás de ese miedo. Cruzar fronteras físicas, emocionales e imaginarias es la mejor manera que he encontrado para descubrirlo.

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El sí de nunca jamás

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Alejandra Sánchez Inzunza

Escribo este post en Caracas, cinco meses después de haber comenzado el viaje. Estoy en un centro cultural vacío y Lady Gaga resuena a todo volumen en una bocina a lado del enchufe donde estoy conectada. Es el lugar más cercano a nuestra casa con buen wifi. Pero otro día hablaré de Venezuela y sus problemas logísticos.  Han pasado cinco meses desde que empezó el viaje y este es el segundo post que escribimos. Vivo peleada contra el tiempo. Los días pasan y cambian los lugares, las tareas, las personas alrededor, pero yo sigo atrapada en Río de Janeiro, la ciudad culpable de todos nuestros retrasos. 

Decidimos empezar en Río de Janeiro porque la campaña Instinto de Vida, de la que En Malos Pasos forma parte, arrancaría en Brasil. Porque después del Mundial y los Juegos Olímpicos, Río sufre una crisis económica y de seguridad, que ha desatado una violencia urbana que no se había visto en años. Porque en Río de Janeiro está Gustavo, un amigo carioca que nos hace sentir siempre como en casa. Porque después de dos años viviendo en ciudad de México estábamos locos por salir de ahí.

Río de Janeiro desde la casa de Gustavo.

Pero Río de Janeiro tiene su propio ritmo y se corona en lo absurdo y la informalidad. El año empieza después de carnaval, es decir, hasta marzo. Y por ser tan bonita y festiva, siempre hay una sensación de vacaciones en el ambiente. Trabajar es difícil.  Para un extranjero es incluso deprimente. Uno está yendo a la Baixada Fluminense, la  zona más violenta y   pobre del estado, mientras la gente juega voleibol y hace rutas por las montañas.

Río Olímpico en la Baixada Fluminense.

El mayor problema fue agendar entrevistas y lidiar con el sí de nunca jamás. Yo, desde hace años,  soy experta en el acoso virtual. Si alguien ignora mis mails, reenvío hasta que me contesten por hartazgo. En este caso, lo hice con Whatsapp porque en Río ya nadie responde al teléfono y todo mundo se escribe por “Zap”. Pero lo peor no era que me ignoraran,  sino que siempre me decían que sí y nunca agendaban. Cuando pedía una entrevista, solían responderme: “Oi, querida, claro. Será um prazer”. Cuándo preguntaba cuándo y a qué hora,  yo lidiaba con días de silencio y ellos con  mensajes acosadores: oi? Quando? Tudo bem? Pode me responder?  Que acha de nos encontrar amanhã?  y el clásico ???.

Río de Janeiro es una de las ciudades más absurdas. Es normal que un día aparezca un refrigerador flotando en la playa de Leblon, que un tipo reúna un montón de mierda y se ponga un cartel en medio de la calle llamándose a sí mismo «el rey de la mierda», que unos funcionarios sean sorprendidos pescando en horas de trabajo, que un traficante entregue a unos policías a la propia policía o  que el periódico suba noticias de una señora que graba gatitos cayendo de un edificio.

Foto de María Martín.

Hay dos claves para sobrevivir a Río. La primera es adoptar su ritmo. Ir a la playa, comer feijoada y tomar cachaça en lo que las cosas se resuelven.  La segunda es reírse. Nuestra amiga María colecciona noticias bizarras que suceden en Brasil, el país ganador de la primera guerra mundial de memes.   No se puede pelear contra una ciudad, hay que asumirla.

La última semana en Río, a finales de marzo, nos confirmaron decenas de entrevistas de golpe. El acoso tuvo resultados.  Pero los estragos siguen hasta hoy. Viviendo a destiempo. Viendo Caracas mientras escribo de Río.

 

 

 

 

 

 

 

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EL PRIMER PASO

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Alejandra Sánchez Inzunza

Alejandra y Patxi

El primer día de trabajo llegamos a una casa amarilla con un portón blanco. Afuera se reunía una docena de personas. Dentro, la policía buscaba pistas. En el patio, había una bicicleta y una chancla rosa; en el medio, un charco de sangre. Alan, nuestro amigo fotógrafo, caminaba por todos lados con la cámara en la mano. Un médico forense estudiaba el charco de sangre, salpicado por unos puntitos blancos.

— Creo que Alan acaba de pisar un pedazo de cerebro, —le dije a Patxi.

Alan levantó su enorme zapato —es un tipo de casi dos metros— y siguió tomando fotos. Una chica, de blusa amarilla, lloraba porque nunca había visto un asesinato. En la escena del crimen estaban los habituales: los curiosos que toman fotos con su celular; los indiferentes, que siguen su vida; los policías que preguntan a los testigos; los familiares, sorprendidos, esperando volver al pasado. Y entre todos ellos, nosotros nos reíamos porque Alan había pisado los pedazos de cerebro de un chico de 21 años.  Fue espontáneo. Nos salió una risa vergonzosa. No era nuestra intención imitar el humor negro que los policías de homicidios desarrollan con los años. Quizás fue un mecanismo de defensa, una forma de evasión momentánea. Fue el primer muerto de nuestro viaje. Se llamaba Sergio Vicente Goulard.

Llegamos en enero a Río de Janeiro, una de nuestras ciudades favoritas, con su bosque frondoso, sus playas kilométricas, nuestros amigos. Veníamos del invierno del hemisferio norte al verano del hemisferio sur. Nos íbamos a ir tan pálidos como llegamos. Una semana después de aterrizar,  ya habíamos pedido prestados dos chalecos antibalas y estábamos en la Baixada Fluminense, el Río más feo y alejado de las postales. Fue el primer paso de un proyecto sobre homicidio.

Queremos entender por qué en América Latina se mata más que en cualquier otra parte del mundo. Por qué cada 15 minutos alguien es asesinado.  Por qué en Brasil, Venezuela, Colombia, El Salvador, Honduras, Guatemala y México se concentran un tercio de los homicidios en todo el mundo. Esta es la ruta que vamos a seguir el resto del año.

Llamamos En Malos Pasos a nuestro proyecto porque cuando alguien es asesinado se suele decir que esa persona «andaba en malos pasos» para explicar su muerte. Es una respuesta simplista a un fenómeno complejo. En el asesinato hay un sinfín de prejuicios que queremos romper con esta investigación. Hablaremos con los protagonistas de estos números de guerra: los que mueren, los que matan, los que sobreviven,  los que luchan. Porque todos queremos que se mate menos.

En este camino no estamos solos.  En Malos Pasos es parte de la campaña Instinto de Vida, en la que participan 26 organizaciones de la sociedad civil en los siete países más peligrosos de América Latina. Es un esfuerzo conjunto para reducir el 50 % de los homicidios en los próximos 10 años.

Una semanas después de nuestro primer día de trabajo regresamos a la Baixada Fluminense. Hablamos con Luciene Silva, una madre que había perdido a su hijo en una matanza perpetrada por la policía hace 12 años. Fueron asesinadas 29 personas.  Nos contaba que antes de que esa tragedia ocurriera, ella vivía en una zona de confort. Veía las noticias, conocía a madres de hijos que habían muerto asesinados, sabía que su barrio era peligroso, pero pensaba que su familia estaba segura. No le debía nada a nadie.  Después cambió de parecer: «Eso no pasa solo allá, puede pasar aquí o en cualquier lugar».

Nosotros hemos salido de nuestra zona de confort. Tú también nos puedes acompañar en nuestros malos pasos. Únete a la comunidad y conversemos juntos sobre nuestra violencia.

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