Caribe para Robinsones

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Por Pablo Ferri 

Un puñado ruidoso de taxistas pelea por los recién llegados al aeropuerto de Big Corn Island. Se empujan, ríen, escuchan el castellano y se giran rápido a buscar a los rubios, que llevan dólares. El único taxista que queda, el pastor Ernesto, se apiada de los simples mortales y los sube a su coche a buscar hotel. El pastor vive aquí desde hace años. Se aburría en Managua y decidió irse a predicar a otro lado. Quería aire fresco, conducir un coche, ver el mar y las palmeras, tomarse una cerveza cuando se le antojase y repartir amor. Así lo hizo. Un día empaquetó sus cuatro trapos y se marchó a Big Corn Island, la mayor de las dos islas del maíz, un pequeño archipiélago del Caribe nicaragüense.

 

Aunque ya colgó el hábito, la tendencia al sermón es inevitable en el pastor. Imparte cátedra de taxímetro entre notas de la Creedence Clearwater Revival -la isla esto, la isla lo otro- y te pregunta dónde quieres ir a dormir. No es que espere opciones concretas, más bien aguarda una generalidad: ¿a la playa? Ahí vamos pues. El pastor conduce por una carretera que da la vuelta a la isla y al rato encara un sendero rodeado de bananos y cocoteros frente a la playa de South West End. Es la entrada al hospedaje del señor Marcos. La arena queda a dos minutos andando. No se ve gente, el cielo son hojas de palmera y el suelo hierba corta y cáscaras de coco.

Big Corn Island ofrece varias opciones para hospedarse. Los taxistas son buenos guías y lo mejor es preguntarles. La gama de precios recoge habitaciones frente a la playa por ocho euros, bungalós por 40, verdaderas suites por 85… En www.bigcornisland.comaparecen la mayoría de establecimientos de la isla. Si no, fíese del taxista -y no permita que le cobre más de un euro la carrera.

Marcha fresca y una toña en Mama Lola’s

La mejor manera de explorar la isla grande es recorrerla en bicicleta. Los posaderos y taxistas saben dónde rentarlas. La carretera principal apenas tiene 12 kilómetros y conduce a hermosas playas de arena blanca y cocoteros como Sally Peaches, Queen Hill o la misma South West End. La marcha es fresca, verde. Cantidad de niños van de un lado para otro con sus guantes de beisbol -deporte nacional en Nicaragua- y sus carteras de la escuela. Se oyen gritos en español, en inglés, en criollo…

Corn Island fue un enclave comercial inglés hasta el siglo XVIII. Durante décadas, de ahí la mezcla lingüística, comerciantes británicos, franceses y holandeses trabajaron con indígenas misquitos y levantaron un protectorado de facto hasta que Inglaterra reconoció la soberanía española a finales del 1700. Más tarde España reconoció la colombiana y Colombia finalmente la nicaragüense en 1928. Los indígenas garífunas, afrocaribeños, son hoy mayoría en las islas y un lenguaje criollo asediado por el intercambio –spanglish garífuno con acento nicaragüense- domina la charla callejera. También hay indígenas misquitos -que hablan su propio idioma-, aunque su presencia es mayor en el Caribe norte.

Una buena ruta para la mañana consiste en recorrer la costa norte de la isla, subir el Mount Pleasant, el cerro más alto de Big Corn, -tampoco es mala idea acercarse al atardecer- sentarse a almorzar en Mama Lola?s -un buen plato de arroz, siempre con coco, gambas, una cerveza toña- y echarse la siesta en una de las hamacas del acantilado contiguo. El viento sopla fuerte y Mama Lola ofrece de postre cajetas de coco con leche condensada. ¡Qué señora! Vino por amor a estas islas y aquí sigue años después, con su volumen intacto y su risa etérea. Se la ve por las tardes rodeada de amigos echando cervezas en las hamacas. El pastor visita el lugar de vez en cuando. Esa mañana viene acompañado de una muchacha garífuna. Mantienen un conflicto bien curioso sobre la bandera de Nicaragua y su significado, que si el triangulo del escudo es una cosa, que si los volcanes de dentro son otra. Al final hablan del poco caso que el Pacífico le hace al Atlántico en Nicaragua y ahí empiezan a reír, “si ellos supieran…”.

Abajo, en la playa, un grupo de niños chapotea en la orilla ante la mirada cómplice de sus madres. Las sombras van cambiando, poco más. Las barcazas de pesca siguen igual de quietas, un árbol seco mantiene su figura en la arena, el viento estará soplando fuerte en la cima corta de Mount Pleasant. Tranquilidad. Una toalla, un libro.

 

“Happiness, depending on me”

¡Vaya si bota el carguero que va a la ishlita! Los pescadores del muelle de Big Corn Island habían dicho que no se movía demasiado, aunque a decir verdad también se habían reído y habían vuelto enseguida a sus quehaceres. Pero bota, le sacude a uno el espinazo en la hora y media que dura el trayecto a la isla pequeña, Little Corn Island.

Enseguida se ve allá al fondo. La embarcación deja el puerto media hora tarde porque unas muchachas llegaron con retraso. Venían de “Dios sabe dónde”, vestidas de fiesta y con la risa abierta de par en par. El joven grumete las mira malicioso y deja en la radio el suave meneo reggae de The Velvet Shadow -“happiness, depending on me…”. Ellas cantan y ríen con cada golpetazo de las olas. “Dios sabe de donde vienen”, ríe el grumete. Parece un delfín en cubierta, uno de los que acompañan al carguero en la travesía, solo que este salta en cubierta. Apetece nadar. El mundo es solo agua brillante y un horizonte de palmeras en esta parte medio olvidada del Caribe. No se ven edificios grandes, ni barcos largos. Unas decenas de metros por debajo viven las langostas, las tortugas, las mantas rayas y los corales. En Big Corn funciona una pequeña escuela de buceo que cobra algo más de 30 euros por cada inmersión, un buen precio comparado con las ofertas de Costa Rica o Belice. En la ishlita funcionan otras tantas.

Little Corn es realmente minúscula. En un día se recorre paseando. A la salida del muelle, un mapa indica los caminos que hay de un lado al otro. Hay uno que cruza por en medio y conduce al verdadero edén, un puñado de playas desiertas que desvelan la riqueza en la paleta del Big Bang. Tantos amarillos, verdes, azules… Puro antojo de una naturaleza que prueba sus propios límites. Una araña del interior selvático se suma a la función colorista con su abdomen ¿Será que ese dibujo existe de verdad? Los colores del fondo del mar producen la misma sensación. La refracción de los rayos solares inventa tonos sobrenaturales en las esponjas y los corales. Los bancos de peces semejan piezas de cubertería a lomos de corrientes caprichosas.

La ishlita ofrece también diferentes opciones de alojamiento. Casa Iguana gestiona una veintena de cabañas confortables, un bar con vistas espectaculares y un huerto de piñas. La cabaña económica cuesta unos 15 euros por persona -caben dos- y la lujosa, 30.

La larguísima playa bajo el acantilado de Casa Iguana pasa por pequeños resorts de madera y paja, cabañas en la playa por ocho euros, desayuno incluido. En Elsa’s Place Sea Breeze te ofrecen, por ejemplo, gallo pinto -arroz con frijoles, comida de la región por excelencia-, o arroz con coco, café, fruta…

La ishlita es eso, pasear, bucear, hacer snorkel, echarse en la hamaca, visitar el estadio de beisbol -hay uno en cada isla-, conocer al mono que vive en el árbol de una familia de lugareños, beber zumo de frutas y buscar cangrejos.

Rondón y bambolé

Noche animada en Big Corn. Las tabernas del puerto han sacado a pasear sus altavoces y el trasiego de taxis va en aumento isla arriba y abajo. Aunque el del pastor no se mueve. El pastor ha decidido esta tarde que no trabajaba -“así es la isla, mi hermano”- y se ha sentado a beber toñas en una taberna. Se le ve relajado, risueño, pensando en dónde ir más tarde.

Mientras tanto, en el restaurante que hay junto al muelle, el Fisher Cave, la cocina bulle actividad. Llevan tres horas trabajando en su obra maestra, una delicia culinaria, el rondón.

El rondón es un guiso marinero típico del caribe nicaragüense. Una extensa gama de tubérculos harinosos -yuca, quequisque, malanga…- componen la base del plato sobre un sofrito de leche de coco, cebolla, ajo, banano y fruta de pan; el pescado del día -cola amarilla, pargo rojo-, las gambas y la langosta hacen el resto. En Fisher Cave, el restaurante del puerto, proponen de acompañamiento una espectacular salsa de habanero que levantaría de la silla al mexicano más exigente. La mezcla es una oda a la cocina caribeña, un chuparse los dedos descontrolado -afortunado el que lleve una barra de pan, porque en Fisher Cave no hay.

La noche sigue en el Bambolé, así lo ha dicho el pastor. Es la discoteca de la isla, el sitio de encuentro, el lugar. Garífunas y misquitos llenan las mesas entre botellas de ron Flor de Caña y la paja quebrada que cae del techo. La pista se llena poco a poco y el perreo invade el alma del local, las piernas van de cuatro en cuatro, los torsos de dos en dos; los bailarines semejan rizos negros, fibra incandescente, una excitante escalada hacia el final del individuo. Los cuatro blanquitos del lugar asisten al espectáculo con timidez pero el Flor de Caña cumple y el Bambolé triunfa a orillas del mar.

A la vuelta, el taxista pasa por el aeropuerto -el pastor no apareció. Solo hay una carretera en toda la isla y alguna ramificación, poco más, así que es fácil pasar por el aeropuerto. Hay una vaca pastando a pocos metros de la pista, unos muchachos corren también por allí. El taxista dice que cuando llegan las avionetas, les echan. La temperatura es ideal. La bicicleta será una buena compañera más tarde.

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Pablo Ferri

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