El hombre que quiere derrotar a Hugo Chávez

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Por Pablo Ferri

Henrique Capriles, un abogado liberal de 40 años, aspira a comandar “el cambio” en Venezuela y aspira a terminar con los 14 años de Hugo Chávez en el poder.

El candidato presidencial opositor Henrique Capriles posa con una efigie suya en tamaño natural durante un acto de campaña en Miranda, Venezuela, 1 de septiembre de 2012. En el último tramo de la campaña que lo enfrenta el presidente Hugo Chávez, Capriles planea visitar 20 estados en 10 días. (AP Foto/Fernando Llano)

Henrique Capriles ha visitado 170 pueblos en mes y medio de campaña, ha dormido cuatro horas cada día y ha regalado centenares de gorras con los colores patrios en todo este tiempo. Es el candidato de la oposición para las elecciones del próximo 7 de octubre en Venezuela. Su objetivo es destronar al presidente Hugo Chávez, quien dirige el país desde hace 13 años.

La agenda del candidato echa humo. Desde que la campaña empezase el pasado 1 de julio, sus semanas son un torbellino de kilómetros, besos, abrazos, marchas, partidos de básquet y mítines a más de 30 grados. A finales de julio, durante una de tantas marchas, un integrante de su equipo equiparaba la experiencia a jugar un partido de rugby: empujones, codazos, pisotones, caídas, atropellos… Demostraciones de afecto a un candidato que recorre a trote todo el país, una estrategia parecida a la que Chávez empleó en su día para acceder a la presidencia.

Capriles es abogado de formación. Acabó la universidad a los 21 años –empezó la escuela dos años antes de lo habitual. Su mama, Mónica Radonsky, señala el motivo de tanta precocidad: “Su hermano mayor empezó la Montessori y Henrique lloraba porque se quedaba solo”, recuerda. “Me daba pena, así que pregunté en la escuela y lo aceptaron”. Poco después de acabar Derecho, entró a trabajar en el Seniat, la agencia estatal de aduanas. Después inició una pasantía en un bufete. “En este país la política no es de lo mejor visto”, señala su mamá, “así que cuando salió del Seniat, pensé, bueno, ya se acabó la llamita. Entonces un primo que era diputado en la cámara por el partido Copei, le pidió que redactara una ley y resulta que a ellos les gustó”.

Capriles empezó a trabajar con su primo en la Cámara y con el tiempo acabó sustituyéndole. El primo volvió a la empresa familiar y Capriles, con 26 años, ganó un escaño en la cámara de diputados por el estado de Zulia. Era el año 1998.

La generación del Caracazo

Formamos parte de una generación que creció marcada por hechos políticos importantes, tanto nacional como internacionalmente”, explica Armando Briquet, su jefe de campaña y amigo de la infancia. Por ejemplo, la caída del muro de Berlín. Todo ese proceso que rompe el mundo bipolar, así como acontecimientos de la política nacional como el Caracazo lo vimos en directo. El Caracazo nos agarró en plena universidad”.

El Caracazo es el Tlatelolco venezolano. En 1989, miles de personas salieron a las calles de Caracas y algunos suburbios cercanos para protestar contra la subida del combustible y el transporte público. El Ejército respondió con contundencia y centenares murieron. “Era impactante todo aquello”, recuerda Briquet, “cuando uno salía a la calle era lo que la gente comentaba, había toque de queda y veías colas inmensas en los mercados a primera hora. Por la tarde lo comentábamos, “coño, ¿has visto la cola que había en tal lado?”. Claro, era donde íbamos a buscar el refresco y de repente veías una cola de 40 ó 50 personas para comprar algo. Era una sensación extraña para nosotros”.

Capriles se convertiría una década después en uno de los diputados más jóvenes de la cámara y no sólo eso, pues le acabarían nombrando presidente.

Alta participación

Capriles lanzaba su nombre al firmamento político venezolano justo cuando Chávez ganaba sus primeras elecciones, en 1998. Dos años después se haría con la alcaldía de Baruta, uno de los cinco municipios de la gran Caracas y ocho más tarde la gobernación del estado Miranda, contiguo a la capital.

En estas últimas elecciones, Capriles derrotó a Diosdado Cabello, uno de los personajes más poderosos del antichavismo. La ciudadanía votó masivamente en Miranda esa vez. Si en 2004 Cabello ganó con 345.752 votos, Capriles le derrotaría en 2008 con 583.795. La oposición ganaba 260 mil votos entre ambas citas y la participación aumentaba casi en 20 puntos.

El equipo de Capriles pretende mantener la base electoral de la oposición, en torno al 45% de los votos totales y lograr la victoria convenciendo a los indecisos para que voten masivamente. Si hay poca abstención, aseguran, la mayoría estaría al alcance de la mano.

“Yo estoy segura de que tendremos mayoría, pero no de que así lo reflejen los resultados”. María Corina Machado disputó a Capriles el liderazgo de la oposición en las primarias del pasado febrero y ahora forma parte de su equipo. No confía en la autoridad que organiza las elecciones, el CNE, ni en el comportamiento del chavismo ante una eventual derrota, preocupación que comparten pesos pesados de la oposición como el periodista y escritor Teodoro Petkoff o el académico Marino González.

Paradójicamente, Capriles apenas presta atención a estos temas. Según sus declaraciones, está más pendiente de que Venezuela produzca menos petróleo del que debería y que encima regale parte a Cuba o Bolivia; que mucha gente esté sin casa y que el Gobierno solo empiece a construir y regalar vivienda meses antes de las elecciones; que los venezolanos se vayan a la cama sin cenar y que les falte el empleo; que el número de homicidios haya aumentado hasta 19 mil anuales y que la producción interior mengue a pasos agigantados. Capriles ampara su programa en revertir estas situaciones. “Chávez lleva el debate a la etiqueta, pero mi debate es de fondo”, defiende el candidato “¿cómo hacemos para que estos pueblos tengan electricidad, para que el agua no esté podrida, para traer empleo aquí, para arreglar estas carreteras?”.

Su tarea estos meses consiste en llevar estas preguntas a cada venezolano y para ello corre: cinco o seis estados a la semana, cinco o seis pueblos cada día. Besos, abrazos, promesas sobre la tarima: “Nuestro pueblo quiere progresar”, repite insistentemente.

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Pablo Ferri

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