El paso maldito de Andersson Rodríguez

Pablo Ferri,  fotos Pablo Ferri.

Un joven colombiano pisó una mina antipersonal en la frontera norte de Chile, cerca de Arica, en octubre del año pasado. Perdió el pie derecho. Desde entonces ha pasado tres veces por el quirófano y ha visto como su pierna se reduce irremediablemente. A excepción de un par de ONG apenas ha recibido ayuda, los gobiernos colombiano y chileno se desentienden. Una realidad que sobrecoge en un país como el nuestro donde, sólo en Arica y Parinacota, yacen 83.772 minas desde la época de Pinochet.

Tibia, astrágalo, calcáneo, necrosis, gangrena, hematocrito alto, cuatro litros de sangre. Así aparecen en la charla, una tras otra, conceptos e ideas típicas de los manuales de medicina, jerga de pasillo de hospital recién asimilada por este muchacho colombiano de ojos claros. Luego, a ratos, silencio. Después continúa: “la piel humana tiene siete capas, ¿sabías eso?”. Andersson se agarra la rodilla por enésima vez esta tarde y añade: “El dolor es tu amigo, está ahí”. Y se agarra la rodilla -la doliente, la derecha- otra vez y otra y otra.

El departamento, en Pedro de Valdivia, en Santiago, huele a cera seca y perfume encerrado. Colgado del timbre de la entrada, un palito de incienso inunda el ambiente con su aroma dulzón. Varias velas animan el gris desgastado de la alfombra a lo largo del pasillo y en la sala, en un rincón, un puñado de flores -margaritas, claveles, rosas de todos los colores-, elevan una plegaria a San Expedito, patrón de las causas urgentes. “A Karen le gusta todo eso”, dice Andersson, “a veces se baña con flores”.

Karen se va ahora a trabajar. Él la ve salir del departamento y abandona sus ojos en la puerta un par de segundos. Karen es peluquera, una joven mulata alta, corpulenta, de verbo rápido y que conoció en Argentina. Luego de su partida vuelve a su rodilla -la doliente- y a la jerga médica, y comienza a narrar de nuevo su accidente, la explosión: “Cuando a mí me estalló la mina, (el pie) se abrió así como un abanico o una sombrilla, hacia los lados. Entonces vi el hueso, todo así. Una parte sí se destruyó, huesos y todo. Solo me quedó este dedito y toda esta parte se destruyó. Así me fui arrastrando”.

El pasado 3 de octubre Andersson Rodríguez, colombiano de 21 años, pisó una mina antipersona entre los hitos 11 y 12 de la línea de la concordia, la frontera que separa Chile de Perú, a dos kilómetros de la garita chilena. Han pasado tres meses y cuatro días del accidente y, desde entonces, vive incompleto. La explosión le voló el pie derecho. Las fronteras de Chile con Perú, Bolivia y Argentina están plagada de minas antipersona y antitanque desde la época de Pinochet. Solo en la región de Arica, donde ocurrió el accidente, yacen 83.772.

Anderssón venía de Perú. Había tomado un autobús en Tacna, la ciudad más cercana a la frontera chilena, y pensaba llegar a Santiago desde Arica a juntarse con Karen. De ahí planeaban ir a conocer el sur del país y cruzar a Argentina, donde ambos vivían. Andersson estudiaba derecho en la Universidad de Buenos Aires y trabajaba en una tienda de unos rusos y armenios donde vendía productos naturistas en el barrio de La Recoleta.

Andersson sonríe cuando recuerda los días en Buenos Aires, la tienda, el viaje que empezó en agosto y le llevó a Chile, Bolivia, Brasil, Perú y debía acabar en Chile de nuevo junto a Karen. Sus frases fluyen llenas de entusiasmo. “Había ahorrado 3000 euros, yo compraba siempre euros en Buenos Aires. Desde que me fui de Colombia, en septiembre de 2011, tenía ahorrado. Me fui a Buenos Aires con 3000 dólares, a ver qué pasaba. Solo gasté 1500 porque enseguida me puse a trabajar de mesero en un restorán peruano, se llamaba La Farándula. Luego ahorré también con la tienda de los rusos”. En Bogotá había estudiado comunicación social pero la aventura llamó a su puerta. “Quería cambiar de vida. En ese entonces estaba con otra chica y me dijo que nos fuéramos y nos fuimos. Estuve un mes con ella. Igual siempre fui de cambiar, fui a tres colegios distintos en Bogotá, me cambiaba porque quería”. Elsa, su mamá, recuerda un episodio de cuando Andersson tenía 10 años. “Una vez se me escapó con un sobrino que manejaba una mula, un camión de carga grande. Se fue para otro pueblo a doce horas de Bogotá sin decir nada. Tenía diez años. Yo trabajaba y él se había escapado. Para ir al Espino pasaban por un páramo, el páramo de la guinas, entonces en ese páramo se les varó la mula. Mi sobrino tenía que ir a buscar un repuesto a una hora de allí. Andersson se quedó ahí vigilando el carro por tres horas, era de noche y encendió la calefacción porque hacía mucho frio, había neblina. Imagínese, él tres horas ahí, le dio miedo, pero no cogió escarmiento”.

Andersson se ríe cuando recuerda aquello. Su papá, Gonzalo, dice también que era muy inquieto. Él trabajaba de transportista con su camioneta, una Land Rover. Andersson le acompañaba muchas veces. “Me preguntaba todo del carro”, recuerda el papá, “cómo funcionaba todo”.

Andersson acabó el preuniversitario en Buenos Aires en marzo de 2013 y comenzó a estudiar derecho, pero solo duró un mes. Karen tenía poco trabajo en Buenos Aires y conocía gente en Santiago que le decía que allí le iría bien por un tiempo. “Ella es impulsiva. Dijo que nos fuéramos y nos fuimos. Entré a Chile sin problemas esa vez, fue en julio. Tenía mi carné de residencia en Argentina”.

Un mes más tarde, en agosto, Andersson empezó su viaje desde Santiago. Karen se quedó trabajando y él viajó a Cochabamba, donde encontró a un amigo del preuniversitario en Buenos Aires. Recorrieron juntos Bolivia, vivieron con unos menonitas en Tres Cruces, cerca de Santa Cruz, cruzaron a Brasil, fueron al Maracaná, volvieron a Bolivia y de allí a Perú. Su amigo se quedó en Lima, su mamá vivía allí y Andersson inició el viaje de regreso a Santiago.

Sus ojos relucen. Parece que esa mirada, verde como el musgo, vive en presente aquel pasado que escapó, olvidando por un momento los huesos que ya no tiene: tibia, astrágalo, calcáneo. Pero enseguida recula, echa el cuerpo hacia atrás, muda el gesto: “A uno le llega la pensadera ¿qué voy a hacer de ahora en adelante? ¿En qué voy a trabajar?”

***

El bus de Tacna llegó a la frontera a las 10.30 de la mañana del 3 de octubre hora peruana. El día era nublado, la luz, lechosa. Andersson vestía una camisa a cuadros blancos y azules y encima un suéter color crema. El pelo castaño, ligeramente ondulado, caía cuello abajo hasta sus hombros. Una rosquilla de piel nacía en el entrecejo al apretar los ojos: la luz molestaba pese a las nubes.

El bus alcanzó primero la garita fronteriza de Perú, los pasajeros sellaron su salida y el vehículo pasó el control de aduanas. Luego enfilaron a la pista que enlaza con la garita chilena, ubicada a dos kilómetros de distancia. A los lados no había más que arena, dunas desparramando sus panzas amarillentas hacia el mar y la cordillera.

En la garita chilena el control fue bien estricto, Perú es un país productor de cocaína y Chile un mercado apetecible. La policía de Investigaciones busca droga escondida en cualquier parte: botes de perfume, latas de salsa de tomate, mujeres embarazadas, tacones falsos… Todas las maletas acabaron en el piso del complejo aquella mañana y los perros policía olisquearon a su gusto. Los pasajeros, mientras, acudieron a la ventanilla de migraciones para sellar su entrada al país.

Andersson explica que cuando llegó su turno el funcionario de migraciones le preguntó qué iba a hacer en Chile. Dice que le contestó que se iba a juntar con su novia en Santiago, que iría al sur, y después cruzaría a Argentina. Estaba confiado, ya había entrado a Chile en julio con su cédula argentina sin problema. El funcionario le ofreció 15 días y él le pidió más. Recuerda que el empleado de aduanas se enfadó y le ofreció sólo cuatro días. Andersson pidió volver al primer ofrecimiento pero el funcionario bajo la cuota a cero… Él cree que le puso problemas porque vio las letras “Col.” en su cédula argentina, o sea, un colombiano con residencia argentina. Piensa que la vez que entró en julio los agentes de migración no se dieron cuenta de que en su cédula argentina aparecía “Col.”

El joven colombiano recuerda que un carabinero incluso le gritó: “ustedes los colombianos son una carga social para mi país, las mujeres vienen a prostituirse y ustedes a traer droga”. El comandante de Carabineros Luis Carrera, que salió a dar explicaciones a la prensa al otro día de la explosión, declinó profundizar sobre el hecho tras ser consultado por The Clinic. Aquella vez, luego del rechazo en la frontera, el bus siguió su camino a Arica. Andersson miraba de nuevo el complejo fronterizo peruano desde la garita del país vecino. Cuenta que decidió caminar por la pista que llevaba de vuelta al Perú a la espera del cambio de turno de los funcionarios chilenos, por si alguno de mejor humor lo dejaba pasar. Le pareció buena idea caminar un rato por la arena y tomar unas fotos del desierto. “Yo nunca pensé nada de minas, sólo pensé, bueno, esto es un desierto, puede haber un hueco o algo, estar tapado con tierra, pero cuando yo me vine caminando había huellas de carros, mira -y enseña las fotos del desierto que tomó con su cámara-, había muchas huellas, entonces pensé, bueno, no va a pasar nada. Yo tranquilo, pero retranquilo”. Y de repente la explosión.

Todos se acuerdan del caso en la frontera. Una funcionaria de migraciones chilena recuerda un ruido metálico. “Fue ahí atrás”, dice, apuntando el lado derecho de la carretera en dirección a Perú. Rubén Gatica, subcomisario de la PDI en el puesto fronterizo, se acuerda también de la polvareda. Cuenta que había unos operarios recolectando basura fuera de la pista, cerca de la garita, que escucharon el ruido y observaron el polvo levantarse. Luego, tres minutos más tarde, vieron que algo se acercaba. “Se estaban burlando”, cuenta, “decían que parecía un canguro. Claro, la persona venía saltando así. Ellos tenían conocimiento de las minas y esperaron a que se acercara para ayudarlo”.

Andersson era el canguro. Cuando dejó la pista y entró al desierto no podía saber que allí había minas enterradas. El Estado avisa del peligro pero sólo en Chile, en la carretera que viene de Arica y llega a la frontera. Andersson, que salía de Perú, no podía saberlo.

La misma funcionaria que escuchó el ruido metálico aquella mañana manejaba, tres meses después, un argumento irrefutable: “obviamente hay minas en las fronteras”. El subcomisario Gatica, de la PDI, matiza el comentario: “pero es que ahí no se puede pasar. La gente sabe. No va gente a pie…”.

En la semana del accidente, diarios y medios digitales de Chile y Perú recogieron las palabras del comandante de Carabineros Luis Carrera, quien dio por sentado que Andersson trataba de ingresar a Chile ilegalmente cuando se produjo la explosión. El muchacho colombiano lo niega. Dice que ya había entrado a Chile anteriormente y que no había tenido problemas. Con la cédula argentina, Andersson podía cruzar, ni siquiera necesitaba el pasaporte. Así lo había hecho con Karen meses antes. Insiste en que fue a la “ladera” a hacer unas fotos, que igual cruzó -no lo sabe-, pero sin intención de ingresar ilegalmente a Chile y que sólo quería pasar el rato con su cámara hasta el cambio de turno. Nina Consuegra, colombiana, profesora, residente en Arica desde hace nueve años y ayudante del cónsul colombiano de Antofagasta, atendió a Andersson en su casa cuando dejó el hospital tras las operaciones, antes de viajar a Santiago. Ambos hablaron con una abogada de la intendencia de Arica y le pidieron un consejo: “La abogada decía, ‘está bien, es una mina antipersonal, pero él entró por un paso no habilitado’”.

***

En el hospital San Borja de Santiago, en la quinta planta, Andersson comparte habitación con cinco enfermos mayores que él. Neo, uno que descansa junto a la ventana, luce un tajo fresco del pecho al bajo vientre. Pocos hablan. Uno se entretiene con su computadora. Andersson aparece tumbado en la cama, junto a la puerta, con las manos detrás de la cabeza, sin polera. Sólo una sábana cubre su cuerpo de cintura para abajo. Aún parece el joven de las fotos que me mostró un par de semanas más tarde en el departamento de Pedro de Valdivia: Andersson en Cusco, Andersson en Bolivia, Andersson en el Maracaná, Andersson en el desierto entre Arica y Tacna. En la cama, un entresijo de alambres protege su pierna derecha de cualquier roce. El jueves pasado, 19 de diciembre, le operaron por última vez, la tercera desde octubre, la tercera que ha visto cómo su pierna se reduce irremediablemente.

Cuando habla gesticula y le tiemblan ligeramente las manos. Dice que es porque perdió mucha sangre en las operaciones, cuatro litros. El día de la explosión una ambulancia le llevó de la frontera al hospital Juan Noé de Arica. Ahí le operaron por primera vez, le cerraron la pierna por debajo del tobillo y le quedó un “dedito”. Pero la herida se necrosó, el tejido celular murió y tuvo que pasar de nuevo por el quirófano, también en Arica. “En la segunda operación me sacaron un hueso que se llama astrágalo, el hueso de la articulación, subieron el calcáneo -otro hueso de la planta del pie-, lo pegaron y acá -en el tobillo- me pusieron dos tornillos. Se supone que ahí quedaba todo pero se necrosó otro pedazo”.

Andersson viajó a Santiago el 24 de octubre del año pasado. Karen, que había tomado un bus a Arica cuando supo del accidente, volvió con él. Una amiga de ella les ofreció un pequeño departamento en Pedro de Valdivia el tiempo que fuera necesario. Del 24 de octubre al 7 de noviembre Andersson pidió que le atendieran en el Hospital Traumatológico de Santiago, el Hospital El Salvador y la Posta Central. Ninguno lo hizo. El día de la explosión, la Policía de Investigaciones se quedó con su documentación y no se la devolvieron hasta semanas después, por eso no lo atendían. Ciudadano Global, una ONG que lo había ayudado en Arica, intercedió por él para que lo atendieran y al final, aún sin documentación, lo ingresaron en el San Borja. La herida se había necrosado de nuevo y los médicos dijeron que había que volver a cortar.

En todo ese tiempo, la embajada colombiana apenas prestó atención a su caso. Solo Nina Consuegra, ahora sin ningún vínculo con el consulado de Colombia, le brindó apoyo, alojó a Andersson durante el posoperatorio en su casa de Arica, le compró una muleta y le dio de comer. “La embajada de Colombia no ha hecho nada, el cónsul cumplió con pasar su informe y eso, pero hasta ahí llegó”. En Santiago, cuando se le necrosó la herida por segunda vez, Andersson pidió ayuda a la embajada y esperó siete días. Nada. Fue entonces que acudió a Ciudadano Global, ellos le ayudaron. Desde entonces solo una funcionaria de la embajada le ha visitado: una mañana le llevó un pijama y acompañó a un médico para que reconociera su herida. Ante posibles acciones legales que Andersson pudiese emprender contra el Gobierno chileno, la funcionaria le dijo que la embajada no le podría apoyar para no dañar las relaciones diplomáticas con Chile. “Yo le decía que solo necesitaba salud”, explica Andersson. Paralelamente, el consulado de Colombia en Santiago recuperó su documentación que tenía retenida la PDI y le tramitó una visa humanitaria. Así pudo permanecer en Chile unos meses más, la primera etapa de su recuperación.

Decenas de miles de minas antipersonales pueblan las fronteras de Chile con Perú, Bolivia y Argentina, herencia del gobierno del dictador Augusto Pinochet. El Gobierno pidió en 2012 una prórroga a la convención de Ottawa -auspiciada por Naciones Unidas- para retirar sus minas: ese año era en teoría la fecha límite. La meta ahora es retirarlas para 2020. La región de Arica y Parinacota es la más afectada, en el subsuelo yacen 83.772 minas según datos del ministerio de Defensa. El problema, además, es que en 2012 las lluvias en Arica fueron tan intensas que muchas minas se movieron de lugar. La ONG noruega Norwegian People’s Aid trabajó el año pasado en el desminado de la Quebrada de los Escritos, un área cercana al lugar donde le explotó la mina a Andersson. “El invierno altiplánico de 2012 fue el más duro en 30 años”, explicó la jefa de prensa del organismo a The Clinic. “Las inundaciones masivas hicieron que las minas bajaran por la Quebrada de los Escritos e incluso llegaran a la costa, en un zona entre Chile y Perú”. Quizá la mina de Andersson llegó donde llegó por culpa de la lluvia; si no había señales que indicaran del peligro fue quizás porque allí no debería existir ningún peligro.

El ministerio de Defensa conoce la existencia de 160 víctimas de “artefactos militares abandonados” en Chile, principalmente minas. En el registro no hay un solo extranjero y es extraño: en octubre del año pasado ocurrió lo de Andersson y en mayo de 2012 un taxista peruano perdió la vida cuando su auto pisó una mina. Trataba de cruzar a Chile ilegalmente. El ministerio de Relaciones Exteriores del Perú cuenta tres fallecidos y nueve heridos desde 1999. La cónsul boliviana en Arica, Magaly Zegarra, ignoró las peticiones de información de este medio. El número total de heridos o fallecidos resulta inestimable.

En accidentes como el de Andersson, la Comisión Nacional de Desminado, CNAD, dependiente del ministerio de Defensa, apoya económicamente a las víctimas chilenas, pero no a las extranjeras. El secretario general de la CNAD, Juan Orlando Mendoza, explica que el Congreso debate actualmente una ley para apoyar a cualquier víctima, nacional o extranjera, pero que de momento, y en este caso, de acuerdo a la legislación vigente, debería ser Colombia quien se hiciera cargo: “La CNAD tiene un convenio con el ministerio de Salud respecto a los nacionales de acuerdo a la ley vigente. Hoy en día no se puede con ciudadanos extranjeros. Yo no sabía que este joven había sido desatendido por su país. Ellos tienen su propia institución para eso”.

***

Andersson sueña a veces que se arrastra. Una vez soñó que iba arrastrándose a casa de su hermano en Bogotá. “Le decía ayúdame que no me vea la niña -su sobrina-. También he soñado que a Karen le pasa lo mismo que a mí. A veces el dolor me hace despertar y no me puedo volver a dormir”.

Un mes después de nuestro último encuentro en Santiago, el 11 de febrero, Andersson viajó a Bogotá. Ahora, vía skype, aparece su habitación en la pantalla de la computadora. No hay nada en las paredes, solo un cuadro, uno que pintó antes de irse a Buenos Aires. “Pintura abstracta”, dice. Sobre su cabeza, en un librero, hay textos de Platón, Marx y Engels, las obras completas de Nietzsche, biografías de Julio César, Aníbal, Alejandro Magno. Su vida evidentemente ha cambiado. Antes compraba películas en un mercado de pulgas del centro de Bogotá los domingos. Los sábados iba al centro, pero a correr, series de diez minutos, uno de descanso, así una hora. También iba al gimnasio y entrenaba a fútbol todos los días en el Boca Juniors Xeneizes de Ciudad Salitre, cerca de su casa.

La habitación se oscurece poco a poco. Andersson habla del futuro y de los libros. “Lo de la filosofía es más desde Buenos Aires. ¡Tengo un libro para aprender alemán! Quiero ir a estudiar allá porque los mejores filósofos vivieron allá”. No sabe si volverá a Chile. Regresó a Bogotá, dice, porque empezó a sufrir de vértigo tras la explosión. “Empezó después de vernos la última vez, ¿te acuerdas? Sentía presión en el pecho, mareos. Yo tranquilizaba mucho a Karen, a veces se desesperaba un poco. Ella sí no tiene paciencia, reacciona instintivamente”. Karen se quedó en Santiago, a veces hablan por skype…

La vida en Santiago tampoco le ofrecía demasiado, solo contaba con su novia y una visa humanitaria. Pensaba en hablar con un abogado pero empezaron los vértigos y sus papás lo convencieron de volver. Ahora está ahí, en su misma habitación de paredes blancas del segundo piso que dejó hace más de dos años; en el barrio Mari Paz de clase media baja, con sus papás y dos de sus tres hermanos. A veces habla con su entrenador del Boca Juniors Xeneize. No le ha dicho lo que pasó pero él cree que lo sabe. Entretanto piensa en empezar a estudiar filosofía en la Universidad Nacional de Bogotá y mira precios de prótesis para su pierna derecha -“están a 5000 dólares”- y tiene tantos planes como palabras y parece serio y a veces se ríe pero no mucho y dice que esta semana visitará al otorrino por los vértigos.

– ¿Te acuerdas cuando me contaste que tenías pesadillas, que soñabas que te arrastrabas y le decías a tu hermano que te ayudara, que no te viera tu sobrina? 

– Sí, me acuerdo

– ¿Aún tienes pesadillas?

Ah no, ya estoy más tranquilo, esas pesadillas ya no aparecen…

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Pablo Ferri

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