El rey negro, un monarca con ropas de campesino

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Por José Luis Pardo Veiras – Fotos por 

El Rey en el interior de la tienda, en realidad el bajo de su vivienda.

El Rey Negro regresa de trabajar cuando anochece. Su silueta aparece en la pequeña plaza del pueblo ante la mirada de su mujer, Angélica Larrea, que le espera para prepararle un té. Viste una gorra, una camisa desabrochada y el sudor todavía le recorre el rostro, contraído por el esfuerzo. Julio Pinedo se ha levantado a las cuatro de la mañana y ha caminado una hora hasta su chacra, donde seis días a la semana se afana en cultivar hoja de coca. El monarca de los afros bolivianos no tiene privilegios. Igual que la mayoría de sus vecinos esa ha sido su rutina desde que era un niño y Mururata, una comunidad afro de poco más de mil habitantes situada a cien kilómetros de La Paz, era una gran finca de un señor español en el que los afros trabajaban en régimen de semiesclavitud. El último Rey Negro tiene corona pero no la utiliza. Es un rey sin palacio.

La audiencia tiene lugar en el bajo de su casa, una pequeña tienda de ultramarinos que regenta su esposa. Estamos rodeados de cajas de cerveza caliente y de verduras en mal estado. Sobre las estanterías se amontonan productos de primera necesidad como botellas de aceite y latas de conserva. Después de pensárselo unos segundos, con una mirada pétrea, accede a conversar  en una modesta mesa de madera, a pesar de que está cansado y preferiría que la visita fuese un domingo, su único día de descanso.

—¿Cómo llegó a ser Rey?

—Mi abuelo era Rey en época de las haciendas. Mi padre murió en un accidente cuando yo tenía 12 años. Pensé que se quedaría así nomás. Pero los más ancianos me convencieron, me dijeron que me tocaba.

El tono de Julio no denota ninguna emoción, aunque dice sentirse orgulloso del cargo. Las palabras le salen a cuentagotas:

—Yo no tengo obligaciones, ahora hay muchas autoridades: sindicatos, centrales agrarias…, pero sí tengo que dar consejo a la comunidad. Es una cuestión moral.


La plaza de Mururata, la comunidad afro donde vive el Rey.

En tiempos de su abuelo, Bonifacio, ser monarca era diferente. Uno de los pocos recuerdos del heredero es ver a su antecesor vestido de gala, con corona y capa, saliendo de la iglesia en las fiestas del pueblo para repartir caramelos y monedas entre la comunidad. Julio y los demás niños se peleaban para conseguir tan preciado premio. En aquella época los afros todavía eran peones, semiesclavos.

Hasta 1952, año en que se impulsó la reforma agraria en Bolivia, la comunidad afro trabajaba tres días a la semana para el patrón, dueño de la hacienda. De sol a sol se rompían el espinazo en los cultivos bajo la mirada atenta de mayordomos y capitanes, que castigaban a los trabajadores con azotes de látigo y se propasaban con las mujeres. El rey era un privilegiado. Algunos de los ancianos que vivieron bajo el yugo de los patrones, recuerdan a Bonifacio como un tipo elegante, listo, que supo ganarse el favor de los jefes. De vez en cuando varios peones iban a trabajar la pequeña parcela del Rey, el antepenúltimo representante de una estirpe de monarcas africanos mercadeados como esclavos en tiempos de la Conquista.


Entrada de la tierra de abarrotes que regenta la Reina. A la izquierda la nieta del Rey.

La corona quedó vacante después de la muerte de Bonifacio hasta que en 1992 se celebró la coronación de Julio en Mururata. “Me sentía un poco…”, relata con timidez sin acabar la frase. En 2007 se celebró a nivel nacional, en un céntrico hotel de La Paz. Según un periodista presente se veía fuera de lugar. Los flashes no son para él. Tampoco las vestimentas ostentosas. Julio se siente mucho más cómodo con las ropas de campesino. Nunca se pone la corona y la capa a excepción de fechas “muy, muy especiales”. El resto del tiempo las guarda en un rincón de su casa.

Para la comunidad afro la figura del rey representa un símbolo de dignidad, de señorío, que funciona como contrafuerza en un país donde hasta hace pocos años no eran reconocidos en la Constitución como ciudadanos. Existen voces críticas, como la de Juan Angola, historiador de la cultura afro, que piensa que Julio es simplemente una figura folclórica y que además nunca se ha probado con documentos su ascendencia real. Pero en las comunidades, los más ancianos se toman muy en serio la cuestión. Incluso discuten sobre la línea sucesoria. Julio, que ya se acerca a los 70, nunca pudo tener descendencia, aunque él llama hijo a uno de sus sobrinos, al que crió después de la muerte del padre. Para Julio es el legítimo sucesor y aunque él nunca pensó ni quiso ser rey confiesa con ternura que le gustaría que alguna vez Rolando se coronara.


Hoja de coca secándose en una comunidad vecina, es el principal motor económico de la región de los Yungas y de las comunidades afro.

Las intrigas de palacio, sin embargo, parecen no preocupar mucho al monarca. Lo más importante son sus plantas de coca, que las cuatro cosechas al año le den los réditos suficientes para vivir.  Mañana volverá a su chacra con el machete en la mano y el saco en la espalda. Hoy ya se hace tarde. Cansado, se despide con una sonrisa pidiendo perdón por no tener más tiempo para hablar. Su mujer, que ha ido a una reunión, ya le ha preparado el té. Por fin, después de una jornada agotadora, el rey puede descansar.

Por José Luis Pardo Veiras, Fotos por Alejandra S. Inzunza

 

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