La basura que se convirtió en música

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Por José Luis Pardo Veiras

Favio Chávez, 37 años, técnico ambiental y músico aficionado, coge una botella de plástico del suelo para explicar cómo la vida de muchos pobres en Asunción gira en torno a la basura. Desde hace años, alrededor del vertedero de la ciudad han proliferado asentamientos de gente sin recursos que hurga en los residuos de sus vecinos para poder sobrevivir.

Por las calles se ven carros tirados con burros o motos de pequeña cilindrada cargando con plásticos, maderas, metales. Unos acopian, otros clasifican, los terceros trasladan los desperdicios en camiones hasta las grandes empresas. Gracias a Favio, también hay chavales que hoy han convertido los despojos en una expresión de arte. En 2006 fundó la Orquesta de Instrumentos Reciclados de Cateura, para, explica, “dar una salida a los jóvenes en un lugar donde está prohibido soñar”.

La sala de ensayos es una pequeña escuela de paredes desconchadas. Es sábado por la mañana y unos 20 alumnos, de entre 7 y 20 años, se afanan en mejorar su técnica. En una esquina un muchacho toca un violonchelo hecho de latón. En otra una chica de 14, un violín que en su día fue una caja de cartón. En el centro del patio dos adolescentes ensayan con saxos de chapa.

“Cuando me contaron que hacían instrumentos con basura no me lo creía, pero después vi que sonaban bien”, cuenta Hugo Irazabal, quien se sumó al proyecto hace un año y ahora enseña a los principiantes. Él vive a unos 50 km de Asunción y ha cogido un microbús a las seis de la mañana para llegar al ensayo. La mayoría de los 50 chavales que conforman el grupo, sin embargo, son de Cateura y Baños, los dos asentamientos próximos al vertedero.

Para muchos de ellos la música se ha convertido en refugio de una vida que les exige desde pequeños. “Acá todo ocurre demasiado rápido, la vida los atropella. El largo plazo no existe”, afirma Favio. Bajo su batuta ha tenido infinidad de muchachos con problemas familiares, drogas, pobreza, violencia… Una de sus alumnas destacadas es claro ejemplo. Su padre es adicto al crack y su hermana, que también formaba parte de la escuela, se embarazó y tuvo que dejarlo.

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“Además de la música, hay que tener una parte de psicólogo. Muchos chicos llegan solos aquí, sin padres; hay que conocerlos y orientarlos. Es importante la disciplina y el orden”, explica Fabio.

Los alumnos, por el contexto social, vienen y van. De los 20 que empezaron en 2006, solo quedan dos. Pero la orquesta y la escuela han ido creciendo. Aunque precario, hoy tienen un lugar donde ensayar dos veces a la semana y Fabio ha podido contratar profesores para los diferentes instrumentos y niveles de sus alumnos. La Orquesta de Instrumentos Reciclados ya ha ido de gira por el país e incluso han tocado en el extranjero, como en la Cumbre Rio +20 de Sao Paulo del año pasado. Por cada actuación cobran unos 400 dólares y los chavales se llevan un pequeño aliciente económico de cerca de 10, que se les entrega a los padres. Favio, de hecho, ha dejado su trabajo y se dedica a tiempo completo al sueño que emprendió con un simple violín de cartón. Ya ha recibido propuestas para tocar en España, Canadá, India o Palestina y también para extender su proyecto a otras partes del mundo.

Antes de que acabe el ensayo, Favio coge su guitarra, fabricada con dos latas grandes de comida, y se pone al frente de la orquesta. Comienzan a sonar las notas de New York, New York, de Frank Sinatra. “Nos dieron basura y nosotros les devolvimos música”.

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