La vida despues de la pandilla una mujer de respeto

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Por  – Fotos: Donna Decesare, de la Fundación Alicia Patterson

Una niña es forzada a emigrar a causa de la guerra. Después de una separación forzada de su madre, quien fue torturada por las fuerzas armadas de El Salvador, es escoltada por militares y sube a un avión rumbo a Los Ángeles. No puede volver a su país. Si lo hacen, morirá. Ella no entiende qué pasa. No sabe hablar inglés. Está en un lugar extraño mientras su país se cae a pedazos y tiene que empezar una nueva vida a los ocho años. Su único referente es su madre, la cual sufre de los trastornos físicos y emocionales de alguien que ha sido torturada.

Un día se ve en aquel lugar que no conoce, con gente que habla una lengua diferente y trata de jugar. El juego se llama four square y consiste en que cuatro niños, parados sobre cuatro cuadros pintados en el piso, se pasan continuamente la pelota. La bola llega a sus manos y no sabe qué hacer. Una niña rubia de ojos azules le grita. Ella está asustada. De repente sólo siente un puño cerrado en su nariz. Al ver la sangre se pone a pelear. En ese momento, piensa que la violencia es la única forma de defenderse.

Aquel día, Susana tuvo su primer encuentro con el racismo y la discriminación. Unos años más tarde, en la junior high, cuando más niños y niñas salvadoreños llegaron a LA huyendo la guerra civil, se da cuenta que ya no está sola. Que está dentro de un grupo que la protege. Un grupo que se llama la Mara Salvatrucha.

“En la secundaria era mas fácil protegernos pues ya éramos más, definidos por nuestra nacionalidad. La pandilla comenzó como un grupo étnico y terminó como una pandilla transnacional”, cuenta ahora una mujer que viste un traje sastre y lleva aretes de perla.


Una chica de la Mara se raya un tatuaje nuevo.

En un mundo de hombres, donde la fuerza del pandillero se mide en cuántos hombres has matado y a cuántas mujeres has violado, Susana se definió a sí misma. Nunca quiso tomar el camino “fácil” (o easy way, como le llaman en Los Ángeles): el de la violación o el de ser la mujer de algún líder de clica. Siguiendo el ejemplo de los hombres, pidió que la “brincaran”, que la golpearan durante 13 segundos para oficializar su pertenencia al grupo.

“Para este entonces la pandilla ya era más grande y en mi clica no había mujeres. Yo quería definir mi presencia en la clica y la pandilla de una manera que daría un ejemplo para otras mujeres”, explica. Nunca nadie la tocó. Es más, fueron los mismos homeboys de su clica, quienes le dieron una buena clecha (lección) sobre cómo sobrevivir en la pandilla. Aún recuerda entre risas aquel día en una fiesta cuando un líder de otra clica la acosó durante toda la noche hasta que ella le puso la pistola en la sien para que la dejara en paz. Cuando éste reclamó sobre lo que ella había hecho, fueron los homeboys de su clica los que le recordaron que ella se dio a respetar.

“Desde el inicio, la mujer define cuál es su función o papel, dentro de la pandilla. Si ella elige una iniciación igual a la de los hombres, ella básicamente indica que se considera igual a ellos. Si ella decide por el easy way o tener relaciones sexuales con varios miembros, será un objeto sexual. La verdad es que muchas chamacas eligen el sexo. Yo preferí la golpiza pues desde un principio me propuse que tendría la misma posición [status] que los hombres”.

Las pandillas eran una alternativa de supervivencia para las mujeres latinas en Los Ángeles.

Las historias de violaciones y maltrato por parte de la MS13 o en el Barrio 18 abundan. Basta con recordar el caso de Magaly, una joven salvadoreña que fue sacada de su escuela y violada por unos 15 pandilleros de la 18. Su caso, dado a conocer el año pasado por el periódico digital El Faro, no es una estadística más. La mayor parte de las mujeres que sufren estos crímenes perpetrados por las pandillas nunca lo cuentan. La violencia va más allá de las muertes y las peleas. Se dice que por eso en El Salvador ya no permiten que mujeres ingresen a las pandillas, para evitar que tengan los mismos derechos que los hombres que son pandilleros. Es más fácil salirse con las suya cuando la victima no tiene derechos dentro de la pandilla.

Susana nunca vivió este maltrato. Tuvo un lugar digno, incluso temido, dentro de la MS. Pero cada vez crecían más los sentimientos encontrados. Por un lado, los lazos que formó a través de los años dentro de la pandilla seguían fuertes, como los de una familia, pero al mismo tiempo se decepcionaba al ver cómo la pandilla victimizaba a inocentes. Corría la década de los noventa cuando regresó a El Salvador y vio que aquel grupo de jóvenes que se unía para protegerse, se convirtió en el enemigo #1 del país. Todavía se sentían las repercusiones de más de 12 años de guerra civil. Y los pandilleros deportados, la falta de oportunidades, el vacío que dejó el Ejército y la guerrilla, se convirtieron en la venta a menudeo de drogas, por parte del Estado que quería remplazar la ayuda militar que ya no recibía de Estados Unidos con otros ingresos.

“Me puse a pensar: ¿donde esta el honor de patear a alguien que ya esta tirado en el piso, sangrando, que ni se puede levantar? Así miraba mi país, como un ser herido, y nosotros llegamos para no ayudarle”, afirma.

Poco a poco empezó otro proceso. Se “calmó”, lo cual significa básicamente no usar la violencia para resolver conflictos y no participar en actos criminales. Se ganó su derecho. Cumplió sus compromisos dentro de la pandilla, fue herida de bala por una pandilla rival en Los Ángeles y estuvo presa en un penal de máxima seguridad en California. Ya podía caminar tranquila sin miedo a que la quisieran matar. Le dieron “el pase”, el cual antes se le otorgaba a los pandilleros que se hacían cristianos o después de cumplir sus compromisos se querían dedicar a sus familias –algo que sí existe en Estados Unidos, pero no es un proceso formal en Centroamérica–. “La mejor manera de compararlo sería cuando a un soldado le dan de baja honorable del ejercito”, anota.

Ahora ella se dedica a abogar por niños y jóvenes indocumentados en Estados Unidos, a través de educación pública, de abogacía a nivel política pública, y provisión de servicios directos. Su trabajo consiste en evitar que otros chicos tengan su misma suerte e ingresen a las pandillas. La “vida loca”, explica, sólo tiene tres salidas: prisión, hospital o muerte. Ella previene que pase esto.

“Yo estuve presa, estuve hospitalizada y casi pierdo la vida. Me puse a pensar cuál era el propósito de sobrevivir todo esto, cuando te puedo mencionar a más de 50 personas cercanas que ya están muertas”. Lo que comenzó como la búsqueda de paz interna (ella reitera que no es religiosa), la llevó a desempeñar este trabajo.

“Todavía me despierto a diario consciente que la bestia, como una adicción, vive en mí. Mi reto es mantenerla en su lugar”. Esa mujer que tenía otro nombre dentro de la pandilla está ahora “congelada en el 9º círculo del infierno”.

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