La vida por una langosta

Por Pablo Ferri  y José Luis Pardo Veiras

El Caribe nicaragüense está plagado de lisiados. Y ellos han sido los afortunados. Son miles los hombres que han muerto en su intento por ganarse la vida como buzos, extrayendo langostas. Obligados, se entregan a esta labor sin equipo, sin información, sin experiencia y sin garantías en lugares como Puerto Cabezas, capital de la Región Autónoma del Atlántico Norte.

 

Agarró una langosta y miró hacia la superficie. Entre el azul turquesa del Caribe, divisó a un hombre hinchado como un globo que ascendía lentamente. El buzo Norman Gómez, ataviado simplemente con unos shorts, unas gafas y un viejo tanque de oxígeno, comenzó a subir desde casi 40 metros de profundidad, llegó hasta el cayuco que asistía a su grupo, y vio cómo el cuerpo de su compañero flotaba ya como una bolla, implosionado, sin vida.

“He visto muchos muertos y gente que está mucho peor que yo”, asegura Norman amargamente mientras sujeta la pierna derecha con las dos manos para sentarse en una silla de plástico. Este hombre de 38 años, fibroso y sereno, señala el muslo en el que sintió una descarga eléctrica durante su última inmersión. “Fue como si me pincharan con una corona de espinas”, comenta en su rudimentario español. La pierna nunca le volvió a responder.

La pesca de la langosta ha sido el sostén de varias generaciones en el Caribe nicaragüense, pero a la vez ha poblado la región de paralíticos y muertos. De 5,000 buzos, cerca de 2,000 han sufrido alguna discapacidad, según las cifras que maneja el director del Hospital de Puerto Cabezas (o Bilwi en misquito), la capital de la Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN). Otros muchos, que nunca se han contabilizado, perdieron la vida durante las faenas de 12 días en alta mar

La mayoría, como Norman, son indígenas misquitos, la etnia predominante en esta región aislada y azotada por la pobreza y el desempleo. Muchos pagan el desconocimiento y acaban sufriendo el síndrome de descompresión y sus graves consecuencias: embolias cerebrales, sorderas, parálisis…

 

Hace ocho años que Norman camina inclinado hacia un lado después de media vida pescando langosta. Echando la vista atrás se queja de los primitivos equipos de buceo, del hacinamiento de las embarcaciones y de las interminables jornadas de trabajo. “Cuando hay producto hay que bajar las veces que haga falta.” Llegaba a sumergirse hasta 12 veces en un día cuando lo recomendable por los expertos en submarinismo es un máximo de dos. “Las empresas te explotan y te roban y cuando tienes un accidente se olvidan de ti.”

La empresa le ayudó con el pago de dos meses de hospitalización. La demandó y ganó, pero la indemnización de $2,800 fue insuficiente para pagar la operación que necesitaba para recuperar la movilidad. Nunca ha vuelto a trabajar. Sobrevive de los alimentos que su familia le envía desde una comunidad vecina. Pero aquí, en este Caribe feo donde los caminos están sin asfaltar, la basura se acumula en las esquinas y los lugareños miran extrañados a los extranjeros, mucho menos conocidos que la pobreza, Norman se siente afortunado.

“Vamos a dar un paseo y encontraremos a muchos buzos lisiados”, me asegura Avelino Cox, antropólogo misquito y una de las personas más respetadas de la comunidad. Efectivamente, a pocas cuadras de su casa, cuando hemos dejado atrás un mercado que ya ha conocido sus mejores días, proliferan los buzos que deambulan por las polvorientas calles de Puerto Cabezas. “Es una tragedia. Es gente sin educación. Los patrones, que son todos extranjeros, ganan millones y ellos se quedan en la calle lamentándose”, cuenta Cox, un hombre afable que ejerce como una especie de consejero para sus vecinos.

“Tengo mucha necesidad”, “no me ayudan”, “tengo problemas de salud”. Las quejas de todos los buzos de Bilwi con los que conversamos, como Clade Brooks, quien se ha quedado sordo de un oído, retratan una historia de desamparo que se repite una y otra vez. Comienzan a trabajar sin ninguna formación siendo unos adolescentes. Ganan dinero durante la época de pesca, unos $1,000 mensuales si el negocio va bien –algo cada vez menos común–, y sobreviven como pueden en la veda, que empieza el 1.º de marzo y concluye el 30 de junio. Al cabo del tiempo, antes o después, sufren un accidente que los deja incapacitados.

También sus mujeres los olvidan. La mayoría son veinteañeras que los abandonan para no pasar el resto de su vida cuidando de un enfermo que, además, no puede dar sustento a sus hijos. También por las largas esperas en tierra. O para no tener que acudir al puerto cuando llega el barco, a evitar que su marido se corra una de las habituales fiestas de tres días y despilfarre la paga. “El consumo de licor casero y la violencia machista son dos de los principales problemas de las comunidades”, asegura Yuri Valle, jefe de la policía de Puerto Cabezas.

Desde la colaboración de los misquitos con los piratas del Caribe en el siglo XVII, hasta su participación en la contrainsurgencia en la guerra civil de los ochenta, la Mosquitia siempre ha sido un lugar convulso. Hoy es un punto clave de la ruta caribeña del narcotráfico hacia Estados Unidos y la cocaína ha permeado la profesión. Unos colaboran con los traficantes y a otros, me cuenta Avelino durante el paseo, “los patrones les inducen a que se vuelvan borrachos y tomen drogas, a ver quién es el más valiente, quién baja más veces y más profundo”. Ninguno de los grandes patrones ha atendido a las repetidas llamadas de Séptimo Sentido.

Tras veinte minutos de camino, llegamos a la trastienda de la pequeña farmacia de Alipio Alexander Johnson, representante de los buzos en el litoral norte, quien cuenta que la situación se ha agravado en los últimos años: “En los ochenta ganábamos $1,000 a la semana. Había mucho producto y poca competencia”. Alipio ahorró y se retiró a tiempo para emprender su propio negocio antes de que las empresas extranjeras, principalmente hondureñas, se apropiaran del negocio y lo masificaran. Hoy los buzos se apiñan de cuatro en cuatro en camarotes individuales. Tras dos décadas de explotación no regulada, la pesca se está agotando.

“Yo pescaba a 30-40 pies de profundidad (unos 10 metros), ahora lo hacen a 125-150 (unos 40).” La profundidad es la principal causa del aumento del número de lisiados. La segunda es que los equipos no se han renovado. Un manómetro, que sirve para medir la presión, es un aparejo desconocido.

Si la situación de los buzos en la capital ya resulta complicada, en las comunidades el olvido es mayor, casi absoluto. Gilberto Mendiola, de 42 años, vive en una pequeña aldea de Sandy Bay, el poblado más grande del Caribe norte. Su caso es buena prueba de ese olvido. Hace seis años que sufrió un accidente mientras “faenaba” y si no fuera por su mujer y sus seis hijos, quizá sufriría la indigencia como muchos de sus colegas. La empresa para la que trabajaba, Maricasa, quebró un par de años después de aquello. Gilberto dice que el dueño le daba algún dinero de vez en cuando, pero que eso se acabó cuando la empresa se hundió. El Seguro Social no le ayuda en nada, tampoco el gobierno regional. Nunca recibió capacitación como buzo. Ignoraba que ascender 40 metros sin pausa hasta la superficie ponía en riesgo su vida; que realizar “hasta 20 inmersiones” al día era tentar demasiado a la suerte.

“Estaba a 130 pies de profundidad”, relata sentado bajo la escalera de su casa, “de repente, empecé a sentirme mareado y subí a toda prisa. Cuando llegué a la superficie sentía muchísimo mareo y me desmayé. Lo único que recuerdo es despertar al día siguiente en el hospital”. Gilberto ya no tiene piernas, solo palos caprichosos que apenas le responden. Se desplaza con la ayuda de un andador. “No todos tenían mi capacidad”, recuerda medio orgulloso. Una sonrisa le asoma por los labios aunque desaparece enseguida.

A pocos metros, sus hijos, a quienes les impidió seguir sus pasos como buzo, escuchan el relato intrigados. Una doctora de Bilwi nos ha acompañado hasta la casa y traduce las palabras misquitas de Gilberto. “Todos saben el riesgo, pero la mayoría son jóvenes y creen que a ellos no les pasará”, comenta. Ella asiente.

Gilberto empezó a bucear a los 22 años. Eran tiempos de bonanza en la RAAN. El precio de la langosta estaba por las nubes –$5 o $6 la libra–, así que él y los otros hombres de Kahka, su aldea, exprimían las temporadas al máximo. En ocho meses de pesca podían pasarse 120 días en alta mar. El dinero que ganaba no daba para lujos, pero Gilberto pudo construirse su casa de madera y vivir tranquilo. Kahka y las demás aldeas del Caribe norte apenas dan opciones a los jóvenes. Su aislamiento es total y hay poco dónde elegir más allá de la pesca. No hay calles, ni carreteras, ni coches, ni industria, ni agricultura, solo casas de madera desperdigadas en un prado eterno y pangas carcomidas del salitre entre pequeños lechones y demás animales de granja. Allí vive un buzo, dicen los kahkanos, allí otro, allí está Gilberto el lisiado… Siempre hay lisiados.

El Hospital Nuevo Amanecer de Puerto atendió a 1,042 buzos entre 1996 y 2007. Cada mes, el centro recibe a entre ocho y 10 nuevos. Luego habría que añadir todos los buzos que sufrieron la descompresión y jamás han ido a terapia, lo que ocurre mucho con los que viven en las comunidades; y los que murieron sin pisar nunca hospital.

Los buzos le llaman la caja mágica.

—Piensan que van a entrar ahí y van a salir caminando –me comenta irónico el doctor Ernesto Taylor.

La caja mágica es en realidad la cámara hiperbárica del hospital de Bilwi, la única que existe en la región. Cuando los buzos ascienden de las profundidades marinas, pequeñas burbujas de nitrógeno se les adhieren a los pulmones y se mezclan con la sangre en los vasos sanguíneos. Si no suben progresivamente el gas contenido en las burbujas tiende a expandirse con la disminución de la presión, lo que provoca una implosión. Lo que se conoce como un barotrauma. Las consecuencias van desde la pérdida de audición, hasta la embolia cerebral, pasando por la parálisis.

La cámara hiperbárica recrea las condiciones de buceo y despresuriza el habitáculo, un cilindro con espacio para una persona, con el objetivo de eliminar las burbujas. Aunque es el método más efectivo, afirma Taylor, no tiene nada de “divino”. Muchos de los buzos que llegan al hospital, a pesar de la fe que depositan en ella, son casos perdidos.

El tratamiento se debe realizar en las siguientes 12 horas a la inmersión, en caso contrario la efectividad es casi nula. Taylor, que lleva siete años atendiendo a los buzos, asegura que la media de la primera sesión en la cámara es de tres días: “Si se ponen enfermos en alta mar el barco no regresa hasta que acabe la faena. Por eso muchos mueren allí. Eso sí, si encuentran unos kilos de cocaína regresan de inmediato a puerto”.

El impacto del huracán Félix en 2007 y luego el Ida en 2009 supuso el fin de la bonanza en la RAAN. El ecosistema de manglares de los Cayos Misquitos, centro logístico langostero durante la temporada, quedó prácticamente destruido y la pesca del crustáceo cayó un 40%. Los buzos tenían que bajar cada vez más profundo y los bancos no se recuperaban pese a las vedas anuales. Los precios se resintieron y los buzos tenían que redoblar su trabajo para ganar igual que antes. En 2009, grupos de buzos se enfrentaron a los empresarios de Bilwi porque querían bajar el precio de la libra de langosta a $1.5. Hasta entonces, los buzos la cobraban a $4. En junio, tomaron el muelle y volcaron varios camiones de la empresa Copescharly, del hondureño Carlos Goff, o Barrington Muller. Días después, retuvieron al alcalde durante horas en el interior de una iglesia morava. La policía nacional tuvo que desplegar 80 efectivos de las fuerzas especiales para evitar males mayores. Aun así la tensión provocó destrozos en Puerto y reyertas con políticos locales. La libra de langosta apenas se paga ahora a $2.

El presente es complicado, pero los lugareños ven el futuro todavía más negro. La Asamblea Nacional aprobó una ley en 2007 que prohíbe la pesca de langosta por buceo a partir del año que viene. “Hace tiempo no había veda, luego la pusieron para media temporada y ahora quieren instaurar la veda total. ¿Qué van a hacer los buzos? Aquí no hay educación ni estado”, dice Alipio.

Desde que se aprobó la ley, empresas, políticos y buzos andan revueltos por la prohibición. El texto establecía que debía entrar en vigor en febrero de 2011. Unos meses antes, sin embargo, los políticos del litoral presionaron para obtener una moratoria. La Asamblea Nacional aceptó y concedió dos años más de inmersiones. Eso significa que en febrero del año que viene, si nada cambia, los buzos ya no podrán faenar más, que solo podrán pescar langosta con trampa. Todo ello en un contexto en el que la mitad de capturas –de cinco millones de kilos– las realizan los buzos.

En junio, los sindicatos de buzos de la RAAN se reunieron en Puerto Cabezas para tratar el asunto. Plantearon la posibilidad de pedir otra moratoria, esta vez por cuatro años. La abogada María Luisa Acosta, coordinadora del Centro de Atención a los Pueblos Indígenas de Nicaragua, asume que serán los políticos quienes “presionarán de nuevo cuando lo pidan los empresarios”. “Probablemente”, añade, “dos meses antes de la prohibición vuelvan a presionar, como lo hicieron la vez anterior”. Según Acosta, los buzos no ven otra salida que seguir como hasta ahora y las empresas fomentan el statu quo. La industria prefiere que todo siga igual porque así no tiene que hacer grandes inversiones. “Los sindicatos son débiles por el poder de las empresas”, señala.

Otro de los temas que los buzos trataron en la reunión aludía a los beneficios que les concedía la ley. Dicen que se sentarán con el Gobierno en estos días para tratar las indemnizaciones de las empresas a los buzos lisiados y demás propuestas del texto. Desde 2007, año en que se aprobó la ley, ni el Gobierno ni los empresarios han demostrado interés. En todo caso, la ley establece que mientras la prohibición empieza a funcionar, las empresas del sector, los gobernantes locales y la secretaría de pesca (Inpesca) deben instruir a los buzos en nuevas técnicas de pesca y organizarlos en cooperativas y grupos de trabajo. En esta línea, el Inpesca presentó 17 iniciativas para “garantizar el sustento económico de los buzos” en junio del año pasado. Acosta explica, sin embargo, que en diciembre “ni los buzos ni los funcionarios del Inpesca en Bilwi tenían ni idea del programa de reconversión de la pesca por buceo”.

A menos de ocho meses de que la prohibición entre en vigor, nadie sabe qué va a ocurrir con los buzos. Acosta insiste en que los gobernantes locales “apretarán cuando quede poco tiempo en la Asamblea Nacional y las cosas seguirán como hasta ahora”.

La ley 613 implicaba también la creación de un fondo para la capacitación de los buzos, para garantizar su asistencia médica y mejorar el equipo del hospital de Puerto. El informe de Acosta indica que ni los buzos ni los sindicatos tienen idea alguna del fondo, que desconocen su existencia y sus beneficios. Sí recuerdan que hubo un taller en agosto de 2011, pero vagamente.

—Las empresas dictan la política aquí.

—¿Cómo es eso?

—Como no se ciñen a la ley, tienen que buscarse aliados políticos que les apoyen.

Acosta pone de ejemplo que “las empresas eluden responsabilidades descargando trabajo en los acopiadores, intermediarios entre buzos y la propia industria”. Los acopiadores alquilan equipos de buceo obsoletos a los buzos, sin profundímetros o manómetros, nada de trajes de neopreno. Además, les adelantan el hielo, la gasolina e incluso motores para las barcas. De esta manera se aseguran que los buzos les vendan más tarde las langostas que pesquen. Las empresas, a su vez, se ponen de acuerdo con los acopiadores y así se evitan problemas. ¿Se murió un buzo? No era empleado nuestro.

También hay empresas que actúan legalmente. En su informe, la abogada Acosta contaba ocho empresas y 28 barcos en la RAAN. En teoría, estas empresas tenían contratados a sus buzos y cotizando al Seguro Social. Pero luego hay casos como el de Maricasa y Gilberto en el que los trabajadores quedan desamparados por cese de negocio. Las malas artes de la industria afectan también a las mujeres misquitas. Hasta hace unos años, muchas se dedicaban a comprar a los buzos las partes de la langosta que las empresas desechaban, los pikins; de ahí que las llamasen pikineras. Más tarde, las empresas vieron negocio en sus propios desechos y convencieron a las autoridades locales para impedir a las misquitas que pasaran al muelle de Puerto Cabezas, el más importante del Caribe norte.

El sector de las pikineras sufrió especialmente el golpe del huracán Félix en 2007. En plena temporada, la tormenta devastó los cayos misquitos y decenas de pikineras murieron ahogadas. Semanas después del huracán, aún llegaban cadáveres a las playas de Puerto Cabezas. Lo positivo de todo aquello, sin embargo, es que la masacre las unió. Juntas se quejaron de que las autoridades no les habían avisado a tiempo de la llegada del huracán a los cayos y protestaron durante meses en Puerto. Esa unión les valió más tarde, cuando las empresas convencieron a las autoridades locales de impedirles la entrada al muelle. Sentaron a los gobernantes a la mesa y firmaron un acuerdo para que les dejasen trabajar en paz. La táctica de la patronal es apelar al espíritu misquito, a esa vieja tradición según la cual las mujeres no pueden interferir en las tareas de pesca ni en ninguna otra que tenga que ver con el mar. Los consejos de ancianos del litoral dicen que atraen las catástrofes naturales, que enfadan a la deidad misquita del agua y la fertilidad, la Liwa Mairin. Las empresas se aprovecharon de la Liwa y ahora las mujeres tienen difícil siquiera pasar al muelle del Puerto.

Ajeno a estos problemas, apenas consciente de sus derechos, Gilberto sabe que sus piernas inertes no importan a demasiada gente. Ignora lo que ocurre con las pikineras, el fondo que prevé la ley, los beneficios y las indemnizaciones. No ha ido nunca al médico desde que dejó el hospital hace seis años. Nunca ha entrado en una cámara hiperbárica, ni ha escuchado los consejos de un fisioterapeuta. Se quedó en Kahka porque desconocía sus derechos y ahora pinta las pangas que le llevan sus vecinos para sobrevivir.

Una leyenda misquita cuenta que la Liwa Mairin es un ser mitad pez mitad persona, una especie de sirena que habita en el Caribe. Los buzos dicen que espera en el agua, entre las rocas, y que si te asomas a los pozos la puedes ver. Aseguran que se les ha aparecido mientras faenaban en busca de langostas y caracoles de mar. Que si se encapricha de ellos, la Liwa se los lleva; y que si está enojada, igual los infla como globos y los devuelve a la superficie medio muertos.

En la Mosquitia nicaragüense a esta deidad marina se le profesa fe y temor. Un lugareño siempre sabe de alguna mujer que sufrió un aborto por “desafiarla”; de algún buzo que se quedó en el fondo del mar por jugar con ella; de un tercero que dejó de hablar solo por verla… Muchas veces se callan para no molestarla.

Al llegar a una gasolinera donde una decena de buzos piden limosna a bordo de unos triciclos de madera, parece que nada aplaca la ira de la Liwa. Romel Antonio Dixon echa a rodar su destartalado vehículo activando con las manos el mecanismo de la cadena. Llega a la altura de un taxi que está repostando y mendiga unas monedas que no le dan. Tiene 33 años, todavía es joven como el resto de los que cambiaron el mar por esta vieja estación de servicio. Hace cuatro se quedó paralizado de cintura para abajo. Desde entonces deambula por la calle en su triciclo, en el que guarda unos cartones y una bolsa con sus pocas pertenencias. Cuando intenta incorporarse atléticamente para mostrar su invalidez, lo que Norman había dicho sobre sentirse afortunado cobra sentido.

Me había mostrado con orgullo su modesta casa de madera, un habitáculo con una mesa, un par de sillas y una cama. Estaba aseada y bien construida. En la casa de al lado, su cuñada y su sobrina se afanaban en limpiar unos platos. En su pequeña parcela no se esparcía la basura. Me acuerdo que se despidió con una amplia sonrisa y se fue caminando.

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Pablo Ferri

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