México tocados por la cocaina

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Un kilo de cocaína une a un indígena misquito que se convierte en traficante, a un colombiano que compra una isla y a un presidente que sueña con la legalización. En Centroamérica, el corredor de droga más grande y la región más violenta del mundo, dos tercios de los homicidios tienen que ver con el polvo blanco.

Cuando vio el bulto plastificado sobre la arena, Reinaldo Cruz corrió deprisa, lo sacudió y sintió un nervio en el estómago. Lo abrió con la emoción de un regalo de cumpleaños. Antes de que alguien lo viera, lo tanteó y sintió entre sus dedos ese polvo blanco que tanta felicidad provoca en Sandy Bay, al norte del Caribe nicaragüense, una de las zonas más aisladas del país. Su suerte cambiaba radicalmente después de salir a primera hora a altamar a cazar tiburones y regresar con las manos vacías. Ese paquete de cocaína, que tomaba con fuerza, era una garantía de tranquilidad. Lo suficiente para dejar de trabajar los próximos años, construir una casa mejor y comprar un par de motores para su lancha. El fardo, un kilo de droga tirado en el mar por algún narcotraficante perseguido por la DEA, fue como ganarse la lotería. Lo escondió y llevó a casa. No tuvo que decir nada. Dos días después, unos hombres “extranjeros” llegaron a comprarla. Reinaldo, indígena misquito, ex buzo, 65 años, manos cuarteadas y mirada triste, se convirtió así en narcotraficante por casualidad.

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El cuerpo lleva días en una bolsa de plástico. Las piernas y los brazos están atados. Los bultos empiezan a asomar. No se sabe si es un hombre o una mujer. Es un anónimo. Uno de los 300 que terminan cada año en la fosa común de San Pedro Sula, Honduras, sin que nadie los reclame. Las moscas hambrientas lo acechan. Los ojos de los vecinos curiosos ni siquiera pestañean. Se cubren la boca para no inhalar el olor fétido al que los médicos forenses están tan acostumbrados y se preguntan por qué un hombre acaba en una bolsa de plástico. “Fue un ajuste de cuentas”, aclara el inspector Guzmán, detective de Homicidios. Los amordazados “están de moda” en la ciudad más violenta del país más violento del mundo. Desde que el narco entró aquí, los cadáveres así abundan entre los 143 asesinatos que hay cada mes. Unas horas antes de descubrir este cuerpo, el equipo médico forense encontró otro similar, también en bolsa de plástico, también con cuerdas rojas, también abandonado en medio de la nada.

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Un hombre de corbata azul dirige el país más grande de Centroamérica, donde viven  casi 15 millones de personas y son asesinadas 45 por cada 100,000 habitantes al año. Un día se despierta con una idea que durante un mes alborotará a toda la región para después ser olvidada. Sin consultar a nadie de su gabinete, busca una cámara de televisión y anuncia que hay que pensar en la legalización. Un país enano en medio del engranaje de la cocaína habla de lo que nadie más se atreve. Siguiendo los pasos del presidente colombiano, Juan Manuel Santos, el hombre de corbata azul toma la estafeta en el debate más controversial en América Latina. Parece hablar en serio. Uno pensará que dice la verdad a pesar de que su propuesta es vista con recelo. Algunos ríen, otros están sorprendidos de que el presidente de Guatemala, Otto Pérez Molina, hable de la despenalización tres meses después de haber sido electo. Un año antes era un negacionista. Incluso en su primer mes como mandatario endureció la batalla contra el narcotráfico enviando a la frontera kaibiles, la unidad de élite del ejército, y creó el puesto de zar antidroga en el Ministerio de Gobernación. Pero el 11 de febrero de 2012, un general se puso a hablar de legalizar las drogas.

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En un universo de impunidad, corrupción, pobreza y guerras civiles, el narcotráfico encontró  en Centroamérica una guarida, un corredor y un parque recreativo en el que la vida vale menos que un kilo de cocaína. Es la “región más mortífera del mundo”, según la ONU. Uno de cada 50 hombres morirá asesinado antes de tener 31 años. En Honduras, Guatemala y El Salvador, conocidos como el triángulo norte, los pandilleros y sicarios están al servicio del narcotráfico. Los cárteles mexicanos se han adueñado del negocio y de sus rutas. Costa Rica se ha convertido en una bodega gigante y Panamá en el lugar perfecto para convertir la droga en dinero legal.

Hace un año y medio, empecé a viajar junto con José Luis Pardo y Pablo Ferri desde México hasta Argentina siguiendo lo que es la ruta del dinero en el mundo del narcotráfico: de norte a sur, el lado opuesto que sigue la droga en su camino a Estados Unidos. En un principio, nuestro proyecto llamado Dromómanos, consistía en recorrer el continente haciendo crónica, pero una vez en camino, decidimos enfocar gran parte de él en el narcotráfico, por sugerencia de una amiga editora. La primera parte sobre Centroamérica, de la que hablamos en este texto, se ha publicado en la revista Domingo del periódico El Universal.

Hablando en orden geográfico, nos encontramos con un país dominado en un 90% por los Zetas, donde el presidente habla de legalización. Otro en el que los pandilleros se están convirtiendo en  “mutantes” y combinan el sicariato y la extorsión con el microtráfico. Otra nación, cuyo golpe de Estado provocó una anarquía y en el que un policía puede llegar a ser más peligroso que un delincuente. Otro país en el que los indígenas sueñan con encontrar droga para tener una oportunidad. Otro que es una bodega gigante que abarrota sus cárceles con traficantes mexicanos. Y un paraíso fiscal donde un hombre puede comprar una isla con dinero proveniente de las drogas.

En todos los lugares se habla sobre “la mexicanización” que sufren estas naciones por los niveles de violencia por narcotráfico  nunca antes vistos. En el triángulo norte están tres de los cinco países más violentos del mundo. El miedo inunda una región por la que pasan anualmente 694 toneladas de droga, que ha sufrido guerras civiles y en el que las rutas del narcotráfico son ahora las mismas que las del contrabando de armas o del queso. Ante una situación incontrolable, donde al finalla mayoría están coludidos, el gabinete de Seguridad de San Pedro Sula ha optado por encomendarse a Dios. Por eso, al principio de una importante reunión, todos los funcionarios cruzan las manos, agachan la cabeza y rezan porque haya menos muertos.

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El hombre dice que no es narcotraficante, pero quiere hacer una película sobre el narco. Aunque niega haber traficado con drogas, una avioneta a su nombre se cayó con 167 kilos de cocaína en Costa Rica. Insiste que no sabía nada, sin embargo, lo detuvieron tratando de escapar por la frontera con Nicaragua. Asegura que es inocente, pero tiene una condena de 16 años en la cárcel de La Reforma, donde convive con otros 37 mexicanos también acusados de narcotráfico.

El hombre se llama Rubén Martínez. Nació en el sur de Chiapas. Es piloto y trabajó durante años en Sinaloa. Dice que alguna vez piloteó avionetas para El Mayo Zambada, uno de los narcotraficantes mexicanos más poderosos, pero que nunca le constó cargar con droga. Vive aislado y tiene visitas cada 22 días.

La DEA asegura que Costa Rica, apodada como “la Suiza centroamericana”, es el único país de la región que es una bodega y no solo parte de la ruta. Se han detectado bases del cártel de Sinaloa, reconoce el zar antidrogas, Mauricio Boraschi. En el centro de San José hay almacenes repletos, donde la droga se “enfría”, y luego sigue su camino hacia el Norte. Cada cierto tiempo se encuentra una avioneta o una lancha con droga o dinero en un país sin Ejército, donde la lucha contra el narcotráfico es incipiente. Rubén Martínez insiste que él no es parte de esto y su defensa alega que la avioneta la vendió un día antes de que cayera con la tonelada de droga.

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Un kilo de cocaína en Colombia cuesta dos mil dólares. A medida que sale del país, su valor aumenta radicalmente. Digamos que su destino es subir. El kilo, por ejemplo, se va en una Eduardoño, –las lanchas que comúnmente utilizan los narcotraficantes y donde se transporta hasta siete toneladas de droga–,  y llega a Costa Rica. Un israelí, a quien por cuestiones de seguridad llamaré Nimrod, compra dos kilos por 7000 dólares cada uno.  Cuidadosamente, esconde la droga en dos tablas de surf. La empaqueta con cuidado para que no se creen burbujas y sea indetectable en los rayos X del aeropuerto cuando tome un vuelo a Budapest. Siente un poco de nervios, pero está acostumbrado. Hace cinco años que hace lo mismo.  Sólo una vez tuvo un ataque de ansiedad. Pone la música de su Ipod y duerme hasta llegar a su destino. “Nunca llevo la droga conmigo, la tabla es más práctica”, dice este joven de 29 años. Al llegar a Hungría, hace una llamada y otro hombre se lleva los kilos por 100,000 dólares cada uno. Nimrod sale de fiesta, bebe whisky y conoce a alguna chica. Prueba una línea de su propia mercancía, 100% pura.  Regresa a su hotel al día siguiente y toma un vuelo de vuelta a Costa Rica. Un mes después hará el mismo viaje, aunque probablemente decida volar por Panamá. “Es más fácil cruzar a Europa por estos países. Si vas a Estados Unidos con droga en el equipaje te detienen al instante, pero hacia Europa es fácil”, dice frente a una taza de té que apenas prueba. “No tienes idea de la cantidad de gente que lleva droga en el avión. Probablemente el tipo que se sienta a tu lado traiga un kilo escondido en el equipaje o en el estómago”.

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Don Mario ha sido chófer durante 40 años. Hace tres meses un hombre le llamó para un encargo. Consistía en llevar un tráiler de Nicaragua a Costa Rica. No sabía que había en él. El hombre, de 65 años, se ofreció a hacer el recorrido porque su hijo no podía llevarlo aquel martes y la paga le venía bien. Lo hizo como siempre, como si llevara arroz o electrodomésticos en su contenedor. Nunca pensó quealgo malo pudiera pasar. Al cruzar la frontera y enfrentarse a la revisión de costumbre, se percató de repente que pasaría la vida tras las rejas. Un millón de dólares estaban escondidos en su vehículo. Su abogado, Leonel Villalobos, conocido en Costa Rica como “el abogado de los narcos”, habla de su inocencia: “Don Mario es un ejemplo clásico de persona utilizada por el narco. Un pobre tipo que no sabe que lleva y al que le meten droga o dinero porque está cantado que ahí está. Mientras lo detienen a él, otros diez camiones están cruzando la frontera al mismo tiempo”.

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Si el kilo de cocaína en cuestión hubiera tomado otra ruta, podría haber sido aérea y llegar de Colombia a Río Cocos, en Honduras, donde el gobierno ha detectado 74 aeropistas ilegales a donde llega la droga. Aquí unos hombres, narcotraficantes locales, la habrían mandado a la frontera con Guatemala; de allí habría cruzado todo el país por la ruta de Ingenieros, controlada por Los Zetas. En el camino morirán unos cuantos, otros serán detenidos con una mínima cantidad de droga. “Los Zetas tienen misiones, reclutan migrantes, delincuentes locales y si fallan no importa, los dejan morir y preparan a otros. Si les va bien, los premian con dinero y con otra misión”, dice un agente de inteligencia del Gobierno guatemalteco, quien pide mantener su nombre en anonimato. Dibuja un mapa de todo el territorio Zeta, solo deja vacío San Marcos, en el noroeste del país. La droga llega hasta San Cristóbal de las Casas, Chiapas.  Para este entonces el kilo vale 18,000 dólares. Si logra llegar a Estados Unidos, costará 50,000. Algunos más ambiciosos lo llegan a mandar a Australia donde su valor alcanza los 200,000 dólares.

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Nelson Urrego, supuesto jefe de comunicaciones del Cártel del Norte del Valle en Colombia, compró la isla La Chapera. Ahora cumple siete años de cárcel, después de haber pasado otros tres por enriquecimiento ilícito en Colombia. Está en la prisión La Joyita de la Ciudad de Panamá, a la que hay que acudir forzosamente con una camiseta morada para poder entrar como visita. Asegura que compró la isla de manera legal e insiste en que su caso es político y que lo encarcelaron por no haber querido vender el terreno al ex canciller panameño Samuel Lewis Navarro.

Panamá sigue teniendo la fama de la ser la ciudad del lavado de dinero, a la que migran las prostitutas colombianas y donde los centros comerciales son al estilo americano. Aquí se puede comer sancocho las 24 horas y el canal comercial más importante del mundo se amplia para ser todavía más importante. Algunos negocios ilícitos han sustituido a los empresarios legítimos. En el último piso de un edificio de 52 niveles solo se ven luces apagadas. Los rascacielos son oscuros, sin vida. Dicen que tienen “la bondad” de convertir la droga en dinero. Y en dinero legal. Una tonelada de cocaína se puede transformar fácilmente en un departamento lujoso con vista al mar, habitado por nadie. O en una empresa de pan que nadie conoce.

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Malacatán, San Marcos, Guatemala, es territorio de la mafia. No hay que hacer mucho para saberlo. Primero se escucha: los típicos corridos norteños de fondo retumban en la plaza central, donde la gente come ceviche. Luego se ve: los hombres duros se pasean en camionetas cuatro por cuatro con vidrios polarizados. Las mansiones extravagantes, dotadas del mal gusto, abundan a las afueras de la ciudad, donde las leyendas de sus habitantes permean. Y por último se siente: aquí todos tienen miedo y hablar demasiado es una condena de muerte.

Podría ser cualquier pueblo del norte de México, a excepción que aquí la gente se emborracha con cerveza Brahva. Durante años, San Marcos ha sido plaza del cártel de Sinaloa y es el único sitio, según las autoridades, en el que los Zetas no han incursionado.  Hace un año, se detectaron unos cuantos por aquí. Los únicos. Un redactor del Nuevo Diario fue amenazado por publicar una noticia de aquel día que un comando logró sacar de la cárcel a un hombre acusado de matar a un futbolista. Llegaron a su casa pasadas las doce de la noche. El salió en ropa interior a abrir la puerta. Lo encañonaron y lo llevaron a dar una vuelta. Le dijeron que si se atrevía a publicar, moriría él junto con toda su familia. A pesar de ello, el periódico publicó la noticia. El hombre tuvo que dejar Malacatán. Hace unos meses regresó.

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Otto Pérez Molina sigue hablando de legalización. Por un día, su homólogo salvadoreño, Mauricio Funes, cuyo gobierno ha logrado una tregua histórica entre pandillas, le sigue la corriente. El guatemalteco continúa con la misma “canción” en las cumbres siguientes y trata de convencer a los demás presidentes centroamericanos. Dos días después, Funes se retracta, los demás no lo apoyan o apenas se pronuncian al respecto. El presidente estadounidense Barack Obama rechaza categóricamente la propuesta. Pérez Molina insiste. Pero pasan los meses y la propuesta empieza a morir. Deja de ocupar los titulares de los periódicos ycasi se convierte en un rumor. Según David Martínez Amador, especialista en narcotráfico y crimen organizado, esta siempre fue la estrategia del gobierno, la intención de legalizar nunca ha sido real. “Pérez Molina esperaba que los estadounidenses le dijeran que no para solicitar entonces que se levante el embargo de armas (desde 1976). Una vez hecho, se militarizará el conflicto, que es lo que el gobierno siempre ha pretendido. La legalización es una quimera”.

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Cruzar de Panamá a Colombia en velero, implica cinco días de viaje entre las islas más aisladas del Caribe. En el lugar, al que solo unos cuantos turistas se atreven a visitar, cientos de narcotraficantes pasan diariamente en sus lanchas y semisumergibles moviendo toneladas de cocaína. Es uno de los paisajes más paradisiacos del mundo: pequeñas islas con nada más que cocos, son el escenario de “un ratón demasiado rápido para ser capturado”.

Aquí, en el mundo de los indígenas kuna, que apenas hablan español y donde las mujeres son la ley, se consigue fácilmente droga. No se puede comprar Coca Cola o conseguir carne, pero sí un gramo de cocaína. El proceso es fácil. Al hacer la pregunta, una mujer rellenará una bolsita de plástico repleta del polvo blanco y se la dará a su marido para que la venda al turista. Cuesta apenas tres dólares. Se sabe que los narcotraficantes en su camino al Norte dejan un poco de mercancía a los  indígenas y estos hacen negocio. Aquellos conocedores de la cultura de la droga saben la regla: nunca se pregunta a un traficante -aunque sea narcomenudista- cómo obtuvo el producto. Pero un turista borracho y curioso duda, y pregunta cómo es posible que al lugar más remoto del mundo llegue la droga. El hombre empieza a gritar en su idioma. La mujer corre a su lado. Los demás se exaltan. ¿Es un espía? ¿Un agente de la DEA? Todos se asustan. Otro turista les explica que solo era una pregunta. Los ánimos se calman. El turista inhala…

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