En Malos Pasos logo

COLOMBIA

LA PAZ Y LAS GUERRAS RECICLADAS

Fotos de Alan Lima y Alejandra S. Inzunza
Texto José Luis Pardo y Alejandra S. Inzunza

Disculpe vuestra merced, pero tengo que matarle

La historia del último cuarto de siglo de Medellín se narra entre parábolas y milagros. La exageración define el relato de la ciudad. Son pocas las conversaciones en que un paisa no presume de que su clima primaveral es el mejor del mundo y de que sus mujeres son las más guapas. Su comida más célebre, la bandeja paisa, es un conglomerado de carne que cuenta con el honor de ser el plato típico con más calorías de Colombia. El arquetipo tradicional de hombre es el arriero y el moderno el narcotraficante que, con sus enormes diferencias, son dos versiones del hombre hecho a sí mismo. Medellín es una ciudad de hablar cantado e historia sangrienta.

Cada vez que hemos estado allí alguien nos ha contado este chiste: un sicario se acerca a un hombre y le dice: “Disculpe vuestra merced, pero tengo que matarle”. En este lugar hiperbólico tiene sentido que se apele a la fe y se cuente a través de un género tan bíblico como la parábola. Sobre todo, para explicar el hilo conductor de su historia moderna: la ciudad latinoamericana más violenta se ha convertido en el ejemplo de cómo frenar la violencia.

Cuando aterrizamos en Medellín millones de espectadores de todo el mundo estaban descubriendo la sangrienta parábola de Pablo Escobar con Narcos, la serie de Netflix. Escobar es el ejemplo más acabado de los protagonistas de las series de traficantes latinoamericanos, historias de héroes y villanos, de venganzas y traiciones, que se mueven entre la realidad y la ficción como las leyendas épicas. Pero lo que queríamos investigar era el relato posterior a él: un cuarto de siglo después de la muerte del capo se pasó de cerca de 7,000 asesinatos en un año a unos 600. Eso es el llamado “milagro de Medellín”. Llegamos como escépticos y nos fuimos convencidos de que los milagros, al menos si hablamos de violencia, no existen.

Es cierto que en Medellín se mata mucho menos, lo que por supuesto es una excelente noticia. Es cierto también que en las últimas dos décadas la inversión pública y privada de los empresarios antioqueños para reflotar la ciudad ha sido ingente. Pero también que el milagro no se explica sin algo tan prosaico como los pactos entre criminales y las autoridades y una mafia que, lejos de desaparecer, se ha transformado.

La Medellín que se vende al mundo como capital de la moda, de la innovación y hasta del reggeaton (aquí nacieron Maluma y J.Baldwin), es una ciudad donde en muchas partes la extorsión es norma, donde dos grandes grupos criminales, herederos de los grandes carteles y del paramilitarismo, se pelean el tráfico internacional y centenares de bandas el microtráfico. Los asesinatos ya no son un acto cotidiano como en los años en que la violencia arrasó la ciudad, pero en varias comunas sigue siendo una probabilidad que marca el código para sobrevivir. Su historia se explica mucho más con el Principio de la conservación de la energía que con referencias a la Biblia.

UN CUARTO DE SIGLO
después de la muerte del capo se pasó de cerca de 7,000 asesinatos en un año a unos 600

La memoria y la paz

A unos cien kilómetros de Medellín se encuentra San Carlos, un pueblo que la guerra vació y en el que hoy asesinos y víctimas aprenden a vivir en paz a la hora del café. San Carlos es otro ejemplo de cómo los conflictos se reciclan. Primero llegó el ELN, después las FARC, en los ochenta el narcotráfico y en los noventa los grupos paramilitares con, según los propios sancarlitanos, el apoyo del Ejército, que dejó un reguero de falsos positivos. “Al principio la guerrilla era sana, nunca pensamos que íbamos a llegar a esto, pero nos equivocamos. Después pensaba: ‘Mi familia no ha hecho nada malo, ¿por qué nos iban a hacer algo?’ Y, otra vez, nos equivocamos demasiado”, nos dijo Ángela Moreno, una activista por la paz que durante la guerra perdió a cuatro hermanos.

Después de la movilización de los paramilitares, el pueblo se empezó a repoblar poco a poco, aunque nunca regresaron todos sus habitantes. Durante la guerra hasta un setenta por ciento de los sancarlitanos se desplazaron, unas 1,500 personas murieron y otras 200 están desaparecidas. Algunos se unieron a las filas de la guerrilla o de los paramilitares, forzados o voluntariamente.

Hace una década que la guerra no se ve, pero siempre se recuerda. Por la plaza de baldosas color ladrillo del pueblo se pasean personas de maneras sencillas y traumas complejos: la profesora que se comió una hoja de un cuaderno con una lista llena de nombres para matar delante del comandante paramilitar; la señora que buscaba los cadáveres de sus vecinos para poderlos sepultar; los ex paramilitares que trabajan en los mototaxis y que trasladan a los familiares de algunas de sus víctimas. Si para la mayoría la guerra se trata de sobrevivir, durante la paz la tarea es convivir, algo nada fácil cuando todos sus habitantes tienen una profunda historia de violencia que contar.

En San Carlos se habla mucho de memoria y perdón, pero quizás esta última palabra es demasiado grande para explicar que víctimas y asesinos compartan un espacio vital tan pequeño. Las escenas costumbristas que hoy se ven en en el pueblo son muy poco consecuencia de una actitud piadosa y un mucho por un compromiso para no repetir los horrores de la guerra. Tiene más que ver con el título del libro del periodista Philip Gourevitch sobre la reconciliación en Ruanda después del genocidio: You hide that you hate me and I hide that I know (Escondes que me odias y yo escondo que lo sé).

El siglo XX en Colombia es un gran ejemplo de que lo cotidiano en la historia de la humanidad ha sido hacer la guerra. Lo difícil es hacer la paz. En San Carlos, aún con la desconfianza, sus habitantes hoy caminan y están.

Turbo, en la desembocadura del Río, es uno de los principales puertos de exportación de cocaína del mundo. El otro negocio de la región es el plátano.

El oro y el olvido

Llegamos a Colombia para explorar la paz y nos fuimos investigando las guerras que quedan. Viajamos a Quibdó, la capital del Chocó, el departamento más pobre y donde vive la inmensa mayoría de la población negra del país. A diferencia de San Carlos, ahí siguen el ELN y los paramilitares. El Chocó es un claro ejemplo de que las guerras no tienen ningún glamour. Las ideologías, las causas supuestamente más grandes que uno, el honor de las naciones o la exportación de ciertos valores, alimentan el sentimiento de una lucha justa, pero si uno quita la propaganda, al final queda gente armada conquistando lo poco que tienen otra gente. Fue un reporteo en lancha, por ríos llenos de oro, que se disputaban en una lucha desigual los dragones de las grandes compañías y los buscadores artesanales. Los últimos a veces se llevaban un par de pepitas, otras veces nada.

Recorrimos el río Atrato hasta Turbo para nuestra última parada en Colombia. En ese trayecto todo cuesta: moverse, trasladar víveres y productos de primera necesidad. Es fácil pensar por qué todo este tramo es un corredor de droga. La gente puede producir cualquier cosa, pero no tiene una vía para comerciar. El único negocio dispuesto a buscar la mercancía es el narcotráfico. Turbo, en la desembocadura del Río, es uno de los principales puertos de exportación de cocaína del mundo. El otro negocio de la región es el plátano.

Conocimos a Carlos XXX, un líder que vive con guardaespaldas y se mueve en carro blindado desde hace ocho años. Su caso es uno de los muchos de líderes amenazados en Colombia. Él sigue vivo, pero otros cientos han muerto asesinados desde los acuerdos de paz.

Llegamos a Colombia hablando de Fe. Ese sentimiento es el que tuvieron muchos colombianos con la firma de la paz. Pero la violencia, una vez más, se ha transformado.