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GUATEMALA

EL PAÍS DONDE SE MATA MUCHO Y SE MATA POCO

Fotos de Alan Lima y Alejandra S. Inzunza
Texto José Luis Pardo y Alejandra S. Inzunza

Tomás Saquic, el mediador de conflictos de Chichicastenango, nos recibió un mediodía en la alcaldía indígena de este municipio del oeste de Guatemala para hablar de violencia, o más bien de la falta de ella. Sobre la mesa de su despacho tenía un archivador con el contacto de los noventa comités indígenas de la región, un aparato de inteligencia tan preciso que es prácticamente imposible que algo suceda en las comunidades sin que llegue a oídos de Saquic. En un extremo de la pared colgaba un látigo de cuero, el instrumento empleado para la ejemplaridad y publicidad de varios castigos. En el otro extremo había un horóscopo maya, que representaba la cosmovisión que comparte el 80% de la población del municipio, en la que el destino marcado por la sabiduría del pasado es más definitorio que la causalidad.

Los tres elementos, dijo Saquic, resumían por qué en gran parte del occidente de uno de los países más violentos de la región más violenta del mundo las tasas de homicidios son tan bajas como la de varios países europeos.

—¿Usted no tiene miedo a equivocarse? —, le preguntamos a Saquic, de profesión tejedor, que lleva ocho años como mediador y cuyo cargo es vitalicio.

—   No —, dijo sin dudar, explicando que su descendencia maya y la sabiduría del consejo de ancianos que lo había elegido lo hacía prácticamente infalible.

EL MACHISMO
y la invisibilidad de las mujeres es una de las críticas más recurrentes a la justicia maya.

Todos los jueces son hombres elegidos por otros hombres. Otra son los latigazos públicos.

Aquella mañana había juzgado un caso de supuesta violación. A la mediación acudieron la chica que denunciaba con sus padres y el chico denunciado con los suyos. Ella tenía 19 años, él 18. Después de revisar los mensajes de celular que ambos se habían intercambiado, Saquic llegó a la conclusión de que la violación no existió. Su razonamiento fue que la chica, mayor de edad, había acudido voluntariamente al lugar de encuentro en medio de la noche a ver a su novio. “Existen acuerdos”, dijo. El caso se resolvió con un pago de 500 dólares a la familia de la chica porque esa noche había perdido la virginidad.

El machismo y la invisibilidad de las mujeres es una de las críticas más recurrentes a la justicia maya. Todos los jueces son hombres elegidos por otros hombres. Otra son los latigazos públicos. La tradición dice que los golpes deben propinarlos los familiares con una rama fresca, pero en la práctica, por prisa para aplicar el castigo o porque la persona sentenciada es de fuera del municipio, las autoridades indígenas utilizan con frecuencia el látigo.

La tercera crítica, la más conocida, son los linchamientos. La realidad es que no están contemplados en el código maya y son hechos muy esporádicos. XXX. Pero son una herramienta de disuasión. En caso de que suceda un linchamiento, la autoridad indígena no lo persigue. La lógica es la de Fuenteovejuna, la obra de Lope de Vega: no se juzga a un pueblo entero. Menos a la comunidad e la que depende en buena parte del funcionamiento de la justica.

En caso de que suceda un linchamiento, la autoridad indígena no lo persigue.

Saquic recordaba que un año atrás un hombre había robado en una tienda cerca de la parada de gasolina. Él estaba en la alcaldía indígena cuando escuchó los gritos de la turba: “¡Quémenle, échenle gasolina!” Un par de personas consiguieron llevar al hombre hasta la alcaldía. El mediador cerró la puerta y no dejo pasar a nadie que no fuera una autoridad indígena o estatal. Aquel día, dijo, se sintió feliz. Salvó la vida de un hombre y aplicó el castigo: latigazos en la plaza pública.

—   ¿No tuvo miedo de la turba? —, le preguntamos.

—   No, me respetan.

Aunque sea el menos mediático de los ejes de la justicia indígena, la cohesión social es, sin duda, el más importante. En América Latina las policías y las autoridades judiciales generan una enorme desconfianza, la justica maya, con todas sus imperfecciones, representa en gran parte al pueblo. El sentimiento de comunidad sirve para obtener información, para combatir el poder de las pandillas y para que las personas denuncien. Esto, incluso, en un contexto de pobreza como el de estas regiones indígenas, que son las principales expulsoras de migrantes. A las opciones que normalmente se presentan en los países violentos de la región (huir, luchar o unirse al crimen), aquí se da la de acudir a la comunidad y a unas autoridades que sienten suyas.

Los chicos tatuados y el crimen organizado

La capital de Guatemala se sitúa en el centro de ese mapa de homicidios que divide el país en dos: la región oriental — que mata mucho— y la occidental —que mata poco—. Ciudad de Guatemala es símbolo de la tendencia general del país: durante la última década los homicidios se han reducido a la mitad, pero sigue siendo un lugar violento. En la capital la tasa aun es seis veces mayor de lo que la ONU considera una epidemia de violencia.

En 2009 el país y la capital vivían su año más violento desde los acuerdos de paz de 1996, que ponían fin a más de treinta años de guerra civil. Juan Pablo Ríos, por ese entonces un joven fiscal, recuerda que sus jornadas de trabajo se reducían a ir de escena del crimen en escena del crimen hasta acabar el turno. Había más de 7,000 casos sin resolver. Según un estudio psicológico practicado a algunos policías, muchos, herederos de la guerra, “disfrutaban causando dolor”. Ese año tres diputados salvadoreños habían sido asesinados en una carretera de Guatemala. Tres días después, cuatro policías fueron arrestados por el homicidio. Cuatro días más tarde, los mataron en la cárcel.

En ese contexto en el que los buenos eran malos, también estaban los malos oficiales: las pandillas, que eran responsables del 70% de los homicidios en la ciudad. Sin embargo, poco se sabía de estos grupos. “Eran gente tatuada, nada más”, nos dijo Ríos, que luce innumerables tatuajes.

Desde ese punto se creó una nueva policía de investigación, se dictaron leyes contra el crimen organizado y se extendieron los programas de prevención. La cantidad de homicidios se redujo a la mitad, pero el reparto de los asesinatos no cambió: un policía de investigación nos decía que las pandillas siguen siendo, igual que hace una década, las responsables del 70% de los asesinatos, el narcotráfico del 25% y un 5% se cometen por otros motivos.

Para entender por qué una ciudad con una enorme presencia del crimen se mata menos, visitamos la Zona 3 de la capital.  En los años más violentos de la ciudad, la Zona 3 se podría definir como un conjunto de asentamientos ilegales, pobres y hacinados, bajo el control territorial de las pandillas y el narcotráfico más un enorme basurero, a la vez tragedia recurrente, por los aludes e infecciones, y fuente de supervivencia para los habitantes. Hoy se podría resumir así también.

Pero a diferencia de una década atrás, los recuerdos de violencia sí habían cambiado. Daniel Osorio, un joven de la comunidad, nos contaba que el sentimiento más vívido de su infancia era el miedo. Lo sintió en un partido de fútbol con sus compañeros de escuela, cuando uno de ellos pateó el balón fuera del campo y al ir a recogerlo se encontró a una mujer decapitada. También sentía miedo por su hermano, que de vez en vez guardaba las armas de los pandilleros porque quería convertirse en uno de ellos. Y por su padrastro, que vendía droga hasta que lo asesinaron. En los días lluviosos el miedo llegaba al escuchar las sirenas de los bomberos. Sabía que ese sonido significaba que se había producido un derrumbe en el basurero, donde trabajaba su madre, y que siempre que eso ocurría había muertos.

EN LA CAPITAL LA TASA AUN ES SEIS VECES MAYOR DE LO QUE LA ONU CONSIDERA UNA EPIDEMIA DE VIOLENCIA.

Pero ya no recordaba el último cadáver que había visto. Caminaba por las estrellas calles de la comunidad con sus paredes graffiteadas con los símbolos de la Mara Salvatrucha, incluso había ido al Gallinero alguna vez, uno de los bastiones del narcotráfico en la ciudad, pero, decía, estaba tranquilo. Lo único que le había ocurrido en los últimos años es que le habían robado un par de veces el celular, siempre fuera de la Zona 3.

“Nosotros dimos la explicación de que estábamos haciendo arrestos y resolviendo casos. Y quizás los primeros años a las clicas (las ramas de las pandillas) les costó reagruparse y los sorprendimos”, dice Ríos. “Pero a partir de 2014, todo se convirtió en un chiste”.

Los casos de corrupción en altos cargos de seguridad se sucedieron, un miembro de la unidad de policía nos dijo: “importa más la política que el trabajo policial”. Y, sin embargo, los asesinatos siguieron bajando.

El viceministro de prevención, Axel Romero, tenía una teoría que resumía así: “el asustado paga, el muerto no paga”.

En esta última década, mientras el estado aprendía a combatir al crimen, el crimen también maduraba. Se mata menos, pero los negocios continúan.