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MÉXICO

DE LA GUERRA CONTRA LAS DROGAS A LOS AÑOS MÁS VIOLENTOS

Fotos de Alan Lima y Alejandra S. Inzunza
Texto José Luis Pardo y Alejandra S. Inzunza

Un mediodía de 2018, en un pueblo de Chihuahua, frontera con Estados Unidos, el fin de la región más violenta del mundo, Jaime Ponce apuraba una lata de cerveza delante de la tumba de su hermano. Era la primera visita que le hacía desde que había muerto asesinado cinco años atrás. El hombre miró en silencio la lápida blanca durante un par de minutos sin cambiar su expresión pétrea de vaquero. Solo entornó los ojos para protegerse del sol. El cementerio estaba vacío. Aquella mañana, las calles del pueblo también estaban vacías. La quietud y el silencio construían un ambiente adecuado para el objetivo de la visita de Jaime Ponce a Estación Conchos: observar las huellas del pasado. Lo que vio fueron casas cubiertas por el polvo, tiendas baleadas, ranchos de puertas oxidadas en los que hacía tiempo que no pastaba un solo animal.

La violencia se había encargado de que cuatro generaciones después de que los Ponce, junto con otros colonizadores, fundaran este pueblo en mitad del desierto, de la familia solo quedaran ruinas. Horas después de enterrar a Sigifredo Ponce, la familia al completo —más de setenta personas— huyó para no volver. Era marzo de 2013. Por aquel entonces el pueblo había cambiado. México había cambiado. El relato de la colonización del salvaje norte mexicano, de la prosperidad de los rancheros, había sido sustituida por los jefes de plaza y las AK 47. La familia que venció al desierto perdió con el crimen organizado.  El país que hace tres lustros inició la llamada guerra contra el narcotráfico ya vivía la escalada de homicidios que lo llevaría a los años más violentos de su historia moderna.

“EL AÑO MÁS VIOLENTO”
2019 superó el récord de 2018

y este el de 2017.

se mata por aguacate, por los bosques y su madera, por el agua o por defender mariposas

Los Ponce se dispersaron entre varios lugares del país como víctimas de desplazamiento forzado, sin una ley que los ampare, empezando una vida lejos de casa en un limbo legal y emocional. Como ellos, cientos de miles de mexicanos han sido arrancados de su hogar por la violencia. A falta de ley, ni siquiera existe una cifra oficial. Lo que dicen los datos conocidos es que en la historia definitoria del país en los últimos tres lustros, la de sus casi 300,000 muertos y más de 60,000 desaparecidos, la violencia en todas sus expresiones no ha hecho otra cosa que aumentar. La extorsión ha subido, los feminicidios están al alza y los cerca de cien homicidios diarios han convertido “el año más violento” en un lugar común. 2019 superó el récord de 2018 y este el de 2017.

La guerra contra el narcotráfico fue una profecía autocumplida para el expresidente Felipe Calderón: vendió la ficción de la inseguridad, militarizó el país cuando tenía una tasa de homicidios de poco más de 10 por cada 100.000 habitantes y los muertos se concentraban en unos pocos focos rojos. Al final de su mandato la tasa era casi el doble. Su sucesor, Enrique Peña Nieto, hablaba de progreso y modernización, pero su legado será recordado por la corrupción y porque sus últimos años de mandato fueron más violentos que los más sangrientos de Calderón. Y algo peor: el Estado quedó expuesto como un autor no solo pasivo, sino también criminal en casos como Ayotzinapa. El actual presidente, Andrés Manuel López Obrador, llegó al poder con la promesa de una transformación histórica, pero cualquier cambio parece imposible si no consigue frenar esta violencia cada vez omnímoda.

La droga sigue siendo uno de los productos de disputa entre el crimen organizado y en sus corredores hacia Estados Unidos es donde se comenten más homicidios. Pero en México se mata también por combustible, como en Guanajuato, donde los homicidios se han triplicado, se mata por aguacate, por los bosques y su madera, por el agua o por defender mariposas, como en el caso del activista de la mariposa monarca Homero Gómez. Mucho más que la guerra contra el narcotráfico, el país vive una lucha por la conquista del territorio. La violencia se ha convertido en una herramienta utilizada por más personas para más motivos y en más lugares.

Símbolos de la violencia como Tijuana viven hoy sus peores años. La violencia también ha llegado donde antes se percibía como algo lejano.

EL PAPEL DE LAS AUTORIDADES ES UNO DE LOS GRANDES MISTERIOS DE ESTOS ESTOS QUINCE AÑOS DE VIOLENCIA.

En el corazón del país

A veinte minutos a pie del Zócalo, el centro neurálgico del país, donde conviven el Templo Mayor de la antigua Tenochtitlán, la Catedral y el Palacio Nacional, se encuentra la zona más violenta de Ciudad de México.

En los primeros años de la guerra contra las drogas, la capital era una especie de oasis, alejada del alza de los asesinatos, pero durante el anterior sexenio (2012-2018) crecieron un 40%. Aunque la violencia no es comparable a las regiones más sangrientas del país, la tasa de homicidios es mayor de lo que la ONU considera una epidemia de violencia. Para entender las dinámicas criminales de Ciudad de México, nos adentramos en Tepito, quizás el barrio con más mística de la capital. También donde están cinco de las seis calles con más homicidios.

Tepito fue el último bastión de resistencia de los aztecas contra la conquista de los españoles. Sus habitantes afirman que aquí se compusieron “Las mañanitas” y se inventó el sonidero. Ha sido cuna de campeones mundiales de boxeo. Su mercado, que ocupa casi veinte calles y por el que cada día pueden llegar a transitar más de cien mil personas, tiene fama de ser un lugar en el que se consigue lo que sea. Algunos de sus comerciantes viajan a Estados Unidos y a China para contrabandear. Y, aunque es un barrio de profunda fe católica, también se venera a la Santa Muerte. Pero entre esa mística y su pasado cultural se cruzan el tráfico de drogas, la extorsión y los asesinatos.

La versión oficial del gobierno anterior es que la violencia en la capital era producto de la lucha entre pandillas de microtráfico, pero como nos decía el exdelegado de la delegación Cuauhtémoc, donde se ubica el barrio: ““Si no quieren llamarle delincuencia organizada que le llamen como quieran, pero mata como delincuencia organizada, extorsiona como delincuencia organizada, secuestra como delincuencia organizada, se exhibe como delincuencia organizada”.

Basta con ver algunas de las estampas cotidianas de sus calles para entender que Tepito, a pesar del lugar común que dice que es un lugar sin ley apartado de la ciudad, funciona como un desván que, aunque oculto a las visitas, forma parte de la casa. La ley también está presente. Más allá de los publicitados operativos, en el día a día entre policías y los hombres con radio que ofrecen drogas al oído solo hay unos pocos pasos de distancia.

El papel de las autoridades es uno de los grandes misterios de estos estos quince años de violencia. La corrupción ha sido probada innumerables veces, pero la duda es saber si, como dice la versión oficial, los corruptos fueron manzanas podridas que sucumbieron al poder armado y económico del narcotráfico o los narcotraficantes pagaban sobornos como quien paga la membresía de un club de golf. En los años más violentos de México fue extraditado y juzgado en Estados Unidos Joaquín El Chapo Guzmán, el traficante más célebre de la actualidad. Durante su juicio, uno de los operadores del Cartel de Sinaloa afirmó que había pagado dinero al gobierno de Peña Nieto. Hace unos meses, también en Estados Unidos, fue detenido Genaro García Luna, el hombre fuerte de seguridad durante el gobierno de Felipe Calderón. La razón: aceptar dinero del Cartel de Sinaloa.

Mientras estas dudas se despejan, la realidad es que en México hay niños armados, madres que buscan a sus hijos desaparecidos, miles de jóvenes que ante la perspectiva de una vida que no merece ser demasiado vivida nutren a los grupos criminales, que hoy se cuentan por cientos. Mande quien mande y caiga quien caiga, la realidad es que cada año hay más víctimas.

Durante el medio año que estuvimos reporteando en Tepito conocidos a Veneranda Pérez, una artista que vivía en la calle de Tenochtitlán. Si salía de su casa y caminaba hacia la izquierda llegaba a Jesús Carranza, la calle con mayor cantidad de asesinatos de Ciudad de México; si giraba hacia la derecha llegaba a Toltecas, la segunda con más homicidios. Se sentía encerrada en el lugar en el que había nacido. Quería hacer algo por su barrio.

Los martes, día de descanso del mercado, las calles se despejaban y los toldos amarillos de los puestos desaparecían. En Tenochitlan solo se veía a los chicos que ofrecen droga y a Veneranda con un grupo de niños pintando un mural. El día que acabaron se leía: PAZ EN TENOCHTITLAN.