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EL SALVADOR

APRENDER A CAMINAR DOS VECES

Fotos de Alan Lima y Alejandra S. Inzunza
Texto José Luis Pardo y Alejandra S. Inzunza

San Salvador es una de las ciudades de América Latina que hemos visitado más veces y, sin embargo, casi nunca o nunca la aplicación del celular ha marcado los 10,000 pasos en un día. La razón es que en su capital hay que aprender a caminar de nuevo.

En nuestra última visita El Salvador era el país más violento de América Latina. Su tasa de homicidios era de 60 por cada 100,000 habitantes. Es decir, casi cuatro mil asesinatos al año. Podríamos pensar, porque así es, que esos números son una barbaridad: tasas muy parecidas a las de guerras de los siglos XVIII y XIX en Europa. Pero es común que la gente haga un ejercicio de abstracción, que se mueve entre la indiferencia y la autodefensa: “aún en el país más violento de la región, la probabilidad de que me maten es de 0,06%”.

CAMINAR,
amar o vestirse se convierten en un privilegio.

A veces, en un imposible.

Ese porcentaje, claro, es mentiroso. La violencia es desigual y siempre se concentra. Las probabilidades varían muchísimo si alguien vive en una zona u otra y tampoco es igual ser una mujer mayor que un hombre joven. Esa desigualdad explica en gran medida la distancia emocional respecto a la violencia en nuestros países y la frase más repetida: “Murió porque andaba en malos pasos”, o la variación “si no debo nada, nada me va a pasar”.

“Murió porque andaba en malos pasos”

El razonamiento, que se ha convertido en el mantra de gobiernos y ha hecho que proliferen las políticas de mano dura, sin embargo, también es mentiroso. Toma la parte por el todo y se centra en el símbolo, obviando las causas y consecuencias del fenómeno. Si alguien es uno de los 60,000 pandilleros de El Salvador es obvio que puede matar y morir con bastante frecuencia, pero la violencia es mucho más compleja y afecta mucho más la vida de millones de salvadoreños. El asesinato es la máxima concreción de un sistema social, económico e histórico que se entreteje con fenómenos como la extorsión y la migración. La violencia, además, no es solo apretar el gatillo, sino la amenaza sustentada de que pueda ocurrir.

El control social creado por el miedo a la pandilla hace que la gente se adapte a una realidad con menos derechos de los que garantiza cualquier Constitución democrática y también con menos derechos de los que dicta el sentido común. Hay muchos homicidios que no se llegan a cometer porque la gente sigue unos códigos como ver, oír y callar o directamente porque huye. Lo que investigamos en este viaje al país más pequeño y violento del continente es que cosas tan básicas como caminar, amar o vestirse se convierten en un privilegio. A veces, en un imposible.

Identidad y dinero

A lo largo de los años hemos entrevistado a muchas personas de grupos criminales en América Latina: narcos mexicanos y colombianos, pandilleros centroamericanos, miembros de bandas venezolanas y de las facciones brasileñas. Una de las conclusiones es que los dos factores principales que impulsan la entrada en el mundo ilegal son la identidad y el dinero. Los dos se pueden resumir en el mismo concepto: querer ser alguien. La violencia en América Latina se ha convertido para muchos en la única herramienta de ascenso social y prestigio, al menos entre sus semejantes.

Entre estos grupos siempre se mezclan los dos factores, pero en la pandilla ser es, con diferencia, el principal motor. La promesa de dinero, en la mayoría de los casos, es remotísima en comparación con la idea de pertenencia a un grupo, casi a una hermandad. Su negocio es la extorsión y su barrio el principio y fin de su reino. La estrecha relación de su identidad con el territorio ha transformado el mapa del país y, en concreto, el de su capital. Además del mapa administrativo, los habitantes de San Salvador tienen que aprender de memoria el que marca la guerra entre las tres principales pandillas: La Mara Salvatrucha, El Barrio 18 Sureños y el Barrio 18 Revolucionarios. Las fronteras administrativas se han convertido en lugares de paso prohibidos. Por eso después de aprender a cruzar la calle hay que aprender también qué calle se cruza.

LA PROMESA DE DINERO, EN LA MAYORÍA DE LOS CASOS, ES REMOTÍSIMA EN COMPARACIÓN CON LA IDEA DE PERTENENCIA A UN GRUPO, CASI A UNA HERMANDAD.

En los meses que estuvimos investigando, entrevistamos a decenas de personas sobre cómo la violencia cambia hasta el aspecto más nimio de su vida. La pareja que esconde su amor porque viven en barrios bajo el control de pandillas diferentes. La chica que no sabe si llevar su identificación oficial porque si la lleva consigo puede ser víctima del crimen, sino de la policía. Los jóvenes que tienen miedo solo por ser jóvenes. Los pandilleros que ya no quieren ser pandilleros y que, casi nunca, y solo con la ayuda de Dios —convirtiéndose en cristianos— pueden dejar de serlo, cambiando una hermandad por otra.

Hace más de un cuarto de siglo que en El Salvador se firmaron los acuerdos de paz y acabó la guerra civil. La violencia quizás ya no arrase poblaciones enteras como entonces, pero la guerra entre ese 1% de la población — algunos jóvenes que huyeron del conflicto interno hacia Estados Unidos, se hicieron pandilleros y regresaron a su país— deja consecuencias similares: miedo, muertos, gente que calla, gente que huye y poca gente que camina.